El Capitel
Contra viento y marea
La decisión de cerrar los colegios no fue tomada por los maestros ni por las maestras. No estuvo en sus manos

Uno de los parques cerrados por el temporal. / Ayuntamiento de Mérida
Mario Hernández
Hay algo profundamente romántico en la lluvia cuando no te moja. Vista desde la ventana, con el sonido del viento como banda sonora, la tormenta adquiere un aire casi literario. Pero basta con que se anuncie la suspensión de las clases para que esa poesía se transforme en sospecha y, casi de inmediato, aparezca el reflejo más rápido que tenemos como sociedad señalando al profesorado, insinuando que la decisión no respondía a la seguridad, sino a una excusa perfecta para que maestros y maestras no acudieran a trabajar mientras el común de los mortales sí lo hacía. Una acusación injusta, además de errónea.
Conviene decirlo sin rodeos. La decisión de cerrar los colegios no fue tomada por los maestros ni por las maestras. No estuvo en sus manos. Fue una resolución adoptada por las administraciones competentes, tras valorar riesgos y situaciones concretas. El cómo se llevó a cabo la misma es harina de otro costal. El profesorado, como tantas otras veces, la acató sin aspavientos, sin protagonismo y con la misma responsabilidad con la que cada día abre un aula.
Cumplir órdenes
Señalamos antes de informarnos, opinamos antes de comprender, y olvidamos con demasiada rapidez que detrás de cada aula hay personas que cumplen órdenes, que asumen decisiones ajenas y que siguen trabajando incluso cuando sienten que no se confía en ellas.
Porque nosotros íbamos al colegio contra viento y marea, cuando llovía, cuando hacía frío, cuando el calor apretaba con 40 grados en aulas sin aire acondicionado. Con mochilas enormes y con la sensación de que el mundo no se detenía por una tormenta. Y es verdad: no tenemos ningún trauma por ello. No estamos marcados por haber caminado bajo la lluvia, con nuestras catiuscas pisando todos los charcos, ni por haber pasado calor en el mes de junio. Sobrevivimos, aprendimos y crecimos, y eso también merece ser dicho sin dramatismos ni reproches.
Experiencia y norma
Los padres y madres de hoy fuimos alumnos ayer y, precisamente por eso, tendemos a confundir experiencia con norma. Porque no haber sufrido daño no significa que todo fuera ideal, ni que repetirlo sea siempre lo más acertado. Nuestra infancia fue, en muchos aspectos, feliz y resistente, pero también estaba atravesada por una confianza absoluta en quienes enseñaban. La autoridad del maestro o la maestra no se discutía, se respetaba. No por miedo, sino por reconocimiento a su labor.
En casa, cuando algo nos ocurría en el colegio, la pregunta no era "¿qué ha hecho el profesor?", sino "¿qué has hecho tú?". Existía una alianza tácita entre familias y Comunidad Educativa. Se entendía que cada cual tenía su papel, y ese equilibrio funcionaba. Los docentes enseñaban, las familias educaban, y el respeto circulaba en ambos sentidos sin necesidad de explicarse cada mañana.
Hoy, sin embargo, el profesorado -tan vocacional ahora como entonces- se enfrenta a un escenario mucho más complejo. A las aulas se suman protocolos, informes, exigencias constantes y, en demasiadas ocasiones, protestas, reproches, improperios e incluso agresiones que poco tienen que ver con su verdadera labor.
Educar o enseñar
Pero hay una cosa que está clara, los maestros y maestras no están para educar, sino para enseñar. La educación, la que se construye con valores, límites y respeto, nace y se trabaja en casa, porque el aula no sustituye al hogar, ni debería cargar con esa responsabilidad.
Y aun así, ahí están. Ayer y hoy. Los de antes, que nos enseñaron a leer, a escribir y a pensar con paciencia infinita y tiza en la mano. Y los de ahora, que lo hacen entre pantallas, ratios imposibles, decisiones ajenas y miradas que examinan más de lo que acompañan. Son ellos quienes, incluso en días de lluvia y viento, cumplen con lo que se les pide, aunque sepan que no siempre serán comprendidos.
Los tiempos cambian. Hoy se previene más, se analizan riesgos que antes se normalizaban y se actúa con información que antes no existía con múltiples -quizá demasiados- canales de comunicación. Y no es exageración. En algunos centros ha habido problemas reales, accesos peligrosos, instalaciones afectadas que hubieran supuesto un serio riesgo para el alumnado. No se trata de fragilidad, sino de responsabilidad.
Antes y ahora
Mientras debatimos si cerrar un colegio un día fue excesivo o necesario, quizá convendría detenernos y mirar a quienes sostienen la escuela cada mañana. Reconocer a los maestros y maestras de ayer, que nos formaron sin ser cuestionados, y a los de hoy, que siguen enseñando entre temporales, decisiones que no toman y críticas que no merecen.
Porque al final, entre el antes y el ahora, entre la memoria y el presente, hay una certeza que debería permanecer intacta: la escuela se mantiene en pie gracias a quienes enseñan, con vocación firme, incluso cuando el viento sopla en contra.
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