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El Capitel

En Mérida no se cambia de fiesta, se cambia de piel

Si uno mira bien, descubrirá que los personajes son los mismos: quien ayer bordaba lentejuelas, hoy limpia un candelabro

Del Carnaval Romano a la Cuaresma: En Mérida no se cambia de fiesta, se cambia de piel.

Del Carnaval Romano a la Cuaresma: En Mérida no se cambia de fiesta, se cambia de piel. / Ayuntamiento de Mérida

Mario Hernández

Mérida

Aún no se han apagado del todo los ecos del Carnaval Romano y ya se intuye en Mérida, casi con la misma intensidad, el aroma a incienso y cera nueva. Días en los que sobreviven las últimas coplas en la memoria colectiva, pegadas como purpurina imposible de quitar. En los que todavía hay quien tararea un pasodoble mientras recoge el disfraz, quien sonríe al recordar esa letra que «este año sí que sí», quien siente un pequeño vacío cuando el telón baja y las luces se apagan.

Pero en esta ciudad antigua, sabia desde antiguo en liturgias paganas y sagradas, el calendario no entiende de nostalgias largas. Apenas enterramos la sardina cuando comenzamos a ajustarnos el costal, ponernos el uniforme de la Banda y a medir las túnicas de nazareno por si hay que soltar algún bajo.

Vídeo | Carnaval infantil de Mérida

Alberto Manzano Cortés

Infinitas noches de ensayo

De las noches infinitas de ensayo de chirigotas, comparsas y pasacalles pasamos a los ensayos de costaleros y costaleras, donde el compás ya no lo marca la caja sino el capataz. Del ritmo del 3x4 y de punteos de guitarra a una eterna marcha procesional. De la ironía afilada al recogimiento medido. De la carcajada abierta al susurro en el templo.

Y, sin embargo, si uno mira bien descubrirá que los personajes de una y otra fiesta suelen ser los mismos. El que ayer afinaba una guitarra hoy aprieta una faja. La persona que bordaba lentejuelas ahora limpia un candelabro, quién escribía una cuarteta se sabe de memoria la chicotá, o incluso escribe un Pregón. En Mérida somos así, polifacéticos por devoción. Cambiamos el atrezo, pero no el corazón.

La Cuaresma

Comienza la Cuaresma y con ella esa vida de Hermandad que no siempre se ve, pero que sostiene todo lo que después brilla en la calle. Las casas de Hermandad se convierten en pequeños talleres de ilusión con la limpieza minuciosa de enseres, metales que recuperan su fulgor, faldones que se revisan puntada a puntada, inventarios que se actualizan y papeletas de sitio que se organizan con paciencia infinita. Cada cofradía, a su manera, prepara su Estación de Penitencia como quien prepara un viaje importante, cuidando cada detalle, sabiendo que el sentido está tanto en el destino como en el camino.

Es tiempo de cultos, de reuniones interminables, de cuadrar horarios imposibles. De mirar hacia dentro -cada uno a su ritmo- para entender qué significa cargar, acompañar, vestir la túnica o simplemente esperar en la acera. La Cuaresma tiene esa extraña capacidad de invitarnos a la introspección sin dejar de ser profundamente comunitaria.

Convivencias

Y aquí llega la hermosa ironía emeritense. Porque mientras hablamos de recogimiento, organizamos concursos de arroces y garbanzos; mientras nos preparamos espiritualmente, montamos convivencias cofrades donde suena una banda en la esquina y la barra -cerveza, refresco y pinchitos- funciona con alegría. Hace quince años, cuando la Cofradía Infantil se atrevió a «reinventar la parte social de la Cuaresma», no faltaron voces críticas que advertían que aquello era «convertir la Semana Santa en Carnaval».

Concurso de arroces de la Cofradía Infantil, en Mérida.

Concurso de arroces de la Cofradía Infantil, en Mérida. / Ayuntamiento de Mérida

¡Qué vueltas da la vida! Hoy esas convivencias están plenamente consolidadas en el calendario anual de las hermandades. Son necesarias. Son beneficio económico, sí, pero también -y sobre todo- beneficio de Hermandad, de confraternidad. De ese conocerse más allá del saludo rápido en los días previos a la Estación de Penitencia.

Hemos entendido que lo social no compite con lo cultual; lo refuerza, que una risa compartida no le resta solemnidad a la Semana Santa, sino que la humaniza. Porque entendieron, los infantiles y después el resto, que había que salir de los templos y casas de Hermandad no solo en Semana Santa, había que estar en la vida de la sociedad emeritense durante todo el año.

Celebración de la emoción

Todo ello porque, en el fondo, en Mérida nunca hemos sabido separar del todo la celebración de la emoción. El Carnaval nos enseña a reírnos de nosotros mismos; la Semana Santa nos enseña a mirarnos por dentro. Y ambas cosas, bien pensadas, son necesarias en nuestra vida diaria.

Mientras aún resuenan en la memoria los tambores carnavaleros, empiezan a escucharse otros más graves, más pausados. Si uno presta atención, notará que no son tan distintos: laten con la misma ciudad dentro. Con el mismo grupo de amigos que ahora cambia el disfraz por la túnica. Con las mismas manos que ayer aplaudían y hoy sostienen un cirio.

Porque aquí no se trata de pasar página. Se trata de entender que formamos parte del mismo libro, escrito con coplas y con saetas, con papelillo y con incienso, con ironía y con fe. En esta transición del Carnaval a la Cuaresma descubrimos que no hay ruptura, sino continuidad. Que los tambores no se apagan, se transforman. Y es que, al final, todo -la risa, el silencio, la barra compartida, el paso que avanza- habla de lo mismo, habla de una ciudad que sabe celebrar y sabe creer con la misma intensidad

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