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cruzando fronteras

Adorado escritor

 

Las letras son anagramas de los personajes que la pluma diseña. O el bolígrafo, o el ordenador o de cualquiera de los apéndices de ese pobre encorvado sobre la mesa. El del ceño fruncido y la cordura en entredicho, el que guiña un ojo calibrando el pensamiento, sufriendo los recuerdos con las mandíbulas tensas o saboreando con avaricia la dopamina que destilan sus ocurrencias. El tiempo se estanca, el perro se aburre de rondar con la correa a sus pies, la comida se enfría, el amante se duerme. Y las ideas sacuden los músculos de la espalda, en espasmos visten a los personajes, los maquillan superponiendo adjetivos o solo con una palabra, exacta, limpia, los desnudan expuestos en un punto y aparte.

El cuaderno es escenario de sus vidas. De trayectos limitados a sus márgenes. Oscila su suerte entre la sangría de los párrafos. Crecen y se debaten al ritmo del teclado. Barruntan su futuro, tarareando con el que les escribe, la frase siguiente, como si fueran Bach y Gould, al unísono recorren el folio. Impreso ya para siempre de sus idas y venidas. Marcado sin solución, sin posibilidad de enmienda, como una res que chilla el nombre de su dueño. Que se aparta nervioso, en deuda con su ego: Enciende un cigarrillo, les mira sin reconocerlos del todo, sopesa los matices de sus comas, el rictus que les dan los acentos. Se pasea, silba irritantemente la misma melodía, se sirve una copa, mastica, pone música, la quita, cambia la postura, acomoda un cojín, chasquea los huesos, estira la espalda, inspira, resopla, traga y escribe de nuevo. Voraz. Les exige, les conmina, corred, corred, decidme qué pasó en el envés de la pagina, qué os aguarda en el próximo capítulo.

A veces ellos se burlan, se plantan, los más rebeldes, en medio de la cuartilla con los brazos en jarras, dormitan los indolentes, y los huidizos, aquellos que tanta metáfora les emborronó el espíritu, huyen para siempre. En ocasiones, de madrugada, o cuando menos lo espera, una sonrisa sorprende los dedos de quien escribe, que se curvan con incredulidad, o incluso con un ridículo mohín de suficiencia. La euforia le mueve los pies, impacientes para que no se escape la palabra milagro de su boca. Han decidido ser obedientes, anticiparse a sus deseos, intuir los requiebros de esa confusión que de repente se despeja y abre la mañana y la ventana y su mente y la novela se cierra y el poema culmina y el escritor se derrumba, rendido y feliz, ante el punto final.

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