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Desidencias

Alberto

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
09/10/2018

 

Amado Nervo, en un bello poema, escribió: «No es que hayan muerto, se fueron antes…Tomaron únicamente uno de los tres anteriores». Un mes después de su fallecimiento, logré, al fin, abrazar a Mari Carmen Lorenzo, la madre de Alberto Rodríguez, y expresarle mi dolor por la pérdida de su hijo. Cuando sucedió, todo pasó tan deprisa que apenas pude reaccionar. Leí cuanto se dijo de él en el Facebook, una red social que, mira por donde, de vez en cuando sirve para algo.

Con Alberto, para decirle a él, a su madre, a sus amigos, para decirnos todos, que no está muerto, solo que se marchó antes, que sigue con nosotros o esperándonos en alguna parte. Con su larga sonrisa y dispuesto siempre a trabajar. Dicen que sobrevivir a los hijos es el mayor dolor y, el otro día, cuando le ofrecía mi pésame a una madre que ha enterrado al suyo, pensé en mi madre muerta y en cuánto habría sufrido de haber pasado por semejante experiencia. Alberto era muy buena gente, un chaval generoso y entusiasmado con su trabajo y con sus aficiones. Disfrutaba con lo que hacía y había que verle controlando el sonido en cualquier evento o tocando la guitarra con una murga para comprobar que era profesional y serio cuando la ocasión lo demandaba y con un estupendo sentido del humor cuando las circunstancias le soltaban.

Uno agradece que sus antiguos alumnos lo inviten a sus bodas o a las presentaciones de sus libros o discos o cortos, pero no estamos preparados para enterrarlos, para perderlos tan jóvenes, para que en un parpadeo desaparezcan de nuestras vidas, de esa bendita rutina donde no los vemos todos los días, pero sabemos que no están lejos. Durante algunos años, incluso, fuimos vecinos y en esa parada para ponernos al día en cinco minutos podía constatar que era un joven con unas inmensas alas para volar. No puedo imaginar tu dolor, Mari Carmen, tu dolor de madre, ni el tuyo, Álex, dolor de hermano, pero espero que os consuele saber que éramos muchos los que le apreciábamos.

Alberto era uno de los nuestros. Ha tomado un tren y quiero pensar, como otro poeta, Luis Alberto de Cuenca, que «volveremos a vernos donde siempre es de día/ y los feos son guapos y eternamente jóvenes,/ donde los poderosos no abusan de los débiles/ y cuelgan de los árboles juguetes y tebeos». Cuando bajemos en su estación, seguramente nos tendrá algo bueno preparado.

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