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en la frontera

Amenazas

 

Mujeres del todo el mundo se reúnen una vez al año en la ONU, en Nueva York, para compartir, conocer, aprender unas de otras. Y exponer, en voz alta, las situaciones de terror, de discrimación, de persecución, de cualquiera de los muchos tipos de vulneración de derechos que en cada punto del planeta sufren por ser mujer. Sus palabras, sus manos se unen. Casi como en una oración. Con lágrimas en ocasiones, otras con fiereza, con rabia, con determinación. Y se denuncia de forma conjunta, apoyándose y se buscan soluciones. Se buscan. Y se encuentran. En la entrada, en los ascensores, en las colas de seguridad, miran las acreditaciones, se preguntan por sus países, se enseñan las fotos de sus hijos, de sus pueblos, se intercambian tarjetas y direcciones de mail, prometen encontrarse para seguir hablando tomando un té caliente. Mujeres nigerianas, indias, finlandesas se interesan por sus respectivos proyectos, cooperativas, microcréditos... Empresarias, políticas, ejecutivas, agricultoras, maestras, enfermeras, religiosas, todas con un afán común: Liberar, liberarse, defender, defenderse, trabajar, luchar, mejorar sus condiciones de vida y de su entorno. Se abrazan al saber cómo coincidieron sus miedos, sus desafíos, sus desalientos, sus victorias, sus recaídas, sus volverse a levantar. Este año, con un frío intenso, y azul, como los colores de Naciones Unidas, la apertura y reuniones de la 64 Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer, se ve amenazada. No por la sinrazón y los peligros que acechan a las mujeres. No por los riesgos que corren por venir, por los que encuentran al volver, las detenciones, las represalias. No por las fronteras difíciles de cruzar. No por las guerras y conflictos que estallan y continúan, quemando poco a poco la fuerza para rebelarse. Llegan mensajes y se reparten folletos posponiendo encuentros, anulando mesas de trabajo, actos oficiales. Se aconseja evitar el contacto físico, saludar solo con una inclinación de cabeza. Las pantallas plagadas de alarma, los pasillos de desconcierto. Las banderas ondean, coloridas, y sobrevuelan helicópteros, y halcones, el horizonte, agudo. Una mujer camina, sola. Mayor, renquea, pesada, con sandalias, y un vestido hecho de casi nada. Algodón fino, ocre, naranja , amarillo. Su turbante parece una tea, sus ojos perdidos. Sin ella, sin ellas, se pierde, triste, la mañana.