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cruzando fronteras

Amigos y demás primaveras

 

En la tapia hay un clavo. Oxidado. Del color de las hojas del otoño cuando les llueve mucho encima. Como los huesos, dice, de mi vecina de enfrente. Y en el clavo, como una flor, se ha posado una golondrina. He gritado, feliz, al verla y no se ha asustado. Me miraba con costumbre. Como si fuera su sitio de la casa. Al rato oí piar a otras que planeaban con estilo, rápidas. Riéndose. Algunos nombran su gorjeo, como triso. Así llaman en Chile a romper levemente la porcelana. Como una grieta. Dividen el cielo en dos, ladeadas, las alas tiesas, brillantes. Descansan después en un entredós, en un pentagrama, breve. Musicando la mañana. Azul. Le hice una foto y la envié a mi amigo Ramón que dibuja perfiles de un Badajoz encallado y encandilado con su reflejo blanquiazul; que retrata al río, quieto casi, y a los cielos grandes, perfectos, intactos, de Extremadura, y a los nenúfares, y a los lirios enredados entre el verdín de los regatos y las encinas. Él, que borda azules, tan de verdad como sus ojos, y que es, «en el buen sentido de la palabra, bueno», se alegra de mi alegría, entretenida entre volar y volver. Mientras, confeccionamos cada uno nuestro nido con «aquellas pequeñas cosas»: libros, sabores, ritmos, paisajes, gente que nos quiere, sencillamente, para darnos, darles, cobijo. Él, que prolonga la pintura más allá de sus dedos, derramados por un balcón, claro, donde crece el jazmín, y los geranios, anda siempre buscando el color, y el calor de la buena compaña. Salen cuando aun el día no sabe su nombre y las luces se desperezan, empapadas de vera del Guadiana y de rocío. Se reparten las labores del campo: Uno titula los rincones y el otro memoriza los recodos, ambos son figuras de un cuadro, alternándose, según vaya la fiesta, el ser Sancho o Quijote: Fieles escuderos de doncellas en apuros, de sufridores de afrentas e injusticias, vuelven a casa arreglando el mundo y dejando, tras de sí, la puerta abierta, o recalan en el Silencio, dejando un caminito de pan, para que quienes los necesiten puedan siempre encontrarlos. Por eso esta columna se ha escrito, garabateada, ligera, canturreando la primavera que trajo la golondrina, que se quedó prendida en mi pelo. Y me ha dejado los labios manchados de sol, de vino, de gracias, del nombres de mis amigos.