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Aristocracia

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
21/05/2019

Se imaginan qué pasaría si el poder estuviera en manos de un idealista que decidiera distribuir la riqueza para luchar contra la corrupción? No sueñen con una utopía que acabaría en una sociedad devastada por su propia depravación. Es, más o menos, lo que intentó demostrarnos Robert Penn Warren con su novela Todos los hombres del rey, publicada en 1946 y llevada al cine, en 1949, con el título El político. La historia es sencilla, definida previamente por Lord Acton: «El poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente». O cómo un buen hombre se puede convertir, con la excusa del servicio a los demás, de liderar a los grupos en busca de una buena causa, en un auténtico demonio que despliega todas las artes de la perfecta demagogia. La ambición que hay detrás del populismo. Cómo ciertos grupos son fácilmente manipulables si les dicen lo que quieren oír. La política se ha convertido en nuestro país en un asilo de reyes (parafraseando el título de la novela de Warren a su vez basado en el lema del personaje en el que se inspira: «Cada hombre es un rey») oxidados e instalados en la decadente efervescencia, en un imán que solo atrae la ferralla abandonada en cualquier esquina, panorama del que, al parecer, solo se están salvando aquellos que dicen la verdad o huyen del postureo que, por supuesto, son minoría. Pero no es solo culpa de quienes se dedican a la política. Los ciudadanos, tal vez cansados, hastiados o cabreados, tal vez con ganas de jugar o experimentar, han pasado a la acción y son directamente responsables del canal de televisión que ven, de la gente a la que escuchan y del voto que depositan en las urnas. Cuando un ciudadano habla de políticos vulgares es que no se ha mirado al espejo ni a su alrededor, no ha descubierto que nuestra sociedad se ha transformado en un erial donde solo destacan los mediocres. Precisamente, lo contrario que pregonaba Platón cuando creía en la aristocracia, o sea, en el poder detentado por los mejores. Él y Aristóteles pensaban que la democracia, el gobierno de los más, era la opción más idónea, pero empezamos a sospechar que la perspectiva reformada sobre la maldad intrínseca de la persona y que alumbró la división de poderes anglosajona, no era una ocurrencia, aunque se transforma a diario en un virus que atenta contra la inteligencia.