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Disidencias

Besos

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
29/03/2016

Mi primer beso fue en el patio del colegio General Navarro. Tenía 9 años. No recuerdo su nombre pero sé que estaba rellenita y yo sabía que le gustaba. Aguanté un año entero de mofas. Los siguientes besos también fueron en las mejillas. A esa edad, era como alcanzar el cielo, como tener novia sin tenerla y sin que ella te quisiera. Como creerte el dueño del mundo aunque te besara por tu cumpleaños. Uno lo recibí en la verja del edificio de la OJE (hoy Concejalía de la Juventud); el otro, hablando de la OJE, en una concentración en Jerez; y el último, en uno de los bailes de fin de semana en el Casino cuando estaba en la calle del Obispo.

No fui besucón. No por falta de ganas. Cuando empiezas a mirar a una mujer con deseo, con la mente sucia, el mundo se viene abajo, el amor se convierte en obsesión y el dolor es el pan nuestro de cada día. Surgen la frustración, los celos, la ansiedad, se jode el invento. El beso en la mejilla era paz, tranquilidad, el universo en tus manos. El deseo acabó con todo eso. Piensas en culos, en tetas y pasas de la mejilla a los labios. Nada de lengua, nada de boca abierta, solo labios. Pero con expectativas. A los 13, en el embarcadero. Jamás emprendimos la travesía. A los 14, segundo intento, en el Casino. No la volví a ver más. El destino, a la misma edad, me dio otra oportunidad: en la plaza de los Alféreces. Aún tengo señalados los dedos de su mano en mi mejilla izquierda. A los 15, el cuarto, a una novia que tuve que dicen que está casada con un policía y no quiero líos. Fue en la puerta de su casa, en el casco antiguo. Cuando la lengua llegó a los 16, la vida ya nunca fue igual. La primera, fumaba, y me supo a tabaco. El lugar tampoco me inspiró confianza: la boca del lobo, en Castelar. Después, llegaron el del parque de La legión, tan tierno; el del Pico, en un día de baño en el río, me puse colorado; el de Los Montitos, visto y no visto; el de los leones de la Memoria de Menacho, con ligero refregón; el del parque infantil, un suspiro; y en la puerta del instituto Zurbarán, peligroso. Demasiado intensos para un alma cándida como la mía.

Antes de los 18, no era un tipo de éxito ni de besos. Ahora tampoco. Ser feo ayudaba bastante, pero recuerdo el beso de la fiesta de fin de año en la parroquia de San José, en la mejilla, el de la apuesta en San Francisco, que gané, en los labios y, por supuesto, el de lengua con la mujer del policía. Pero, que conste, teníamos 16 años y ellos aún ni se conocían. Por si me quiere llevar preso.