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cruzando fronteras

La cárcel de Carabobo

 

Añoraba su cuerpo. El insomnio era su único compañero de cama. Antes se mecía hasta el sueño arrullada por el ritmo de sus ronquidos. chisteando su duermevela para espantar el ruido de sus labios para que la dejara dormir. Esos labios blandos, que amortiguan sus penas con solo entreabrirlos. Rendida de repasar la jornada de su detención, los brazos que la sujetaban para separarla de él. El sonido de la puerta del calabozo. Click. Metálico. Silencio. Y después llantos y gritos, y pataleos, y silencio. Y el sonido de los mocos sorbiéndose, tragándose todos los ay. Duermen juntos así desde entonces. Pensándose.

Él preso y ella, presa, en una soledad no asumida que la ensimisma, engulléndola en un ovillo que lía y enrosca todas las horas que entreteje la noche, tan larga. Por eso no dudó en arrimar todo su dinero al bolsillo del vigilante, que la sobó sin mirarla, sonriendo de medio lado, escupió y le pellizcó el trasero.

Ella también sonrió mientras cruzaba la puerta pensando en cómo su marido la hacía contonearse delante suya para apreciar sus «andares». Sacó del bolso manteca de coco y la extendió en su escote y en su pelo mientras caminaba, preparándose para él. Ya casi solos, juntos, en unos minutos. La segunda puerta se cerró tras de sí y la sorprendió el humo y la tos, creciéndose en el pasillo.

Ya no oía resonar sus pasos con eco, el ruido lo tapaba todo, callando su respiración, acorralándola junto a la pared, de cara al miedo. Un tumulto avanzó como un animal herido, desbocado, rabioso, en su dirección, desbordando el espacio, empuñando sillas, mesas, barras arrancadas de las camas. Huían de los colchones en llamas, de los agentes y sus balas, de la taquicardia que sacudía sus sienes robándole la razón para pensar, estrangulando su voluntad, dilatando su desesperación tanto como su hambre. Contra las puertas. Cerradas. Se la llevaron por delante, no había espacio donde esconderse, ni oxígeno, ni ayuda, ni luz, ni donde asirse para levantarse. Como los búfalos en estampida, lo arrasaron todo, tropezaban aplastando el último suspiro de los que antes cayeron, y el fuego llegó desaforado, rápido, los brazos ahuyentaban la muerte pero su horror estalló apagándolo todo. Combustiendo los besos, los hijos, las mañanas, el agua fresca en la cara, el pasado, el futuro, calcinando el recuerdo. Convirtiéndolos en polvo.

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