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la atalaya

Casablanca (I)

Fernando Valdés Fernando Valdés
28/05/2018

 

Quienes visitan Marruecos suelen ir dirigidos por la propaganda turística, siempre tendenciosa, a las llamadas Ciudades Imperiales: Fez, Marraqués y Mequinez. La segunda es ya un absurdo parque temático y las demás llevan el mismo camino. Raramente los visitantes se detienen en Casablanca. Es comprensible. La actividad turística es muy superficial y juega con el desconocimiento del respetable, para venderle productos con el precio hinchado. Algo parecido a lo que se está ensayando con torpeza sin igual en Badajoz, cuyo perfil histórico se ofrece desvaído y confuso.

Volviendo a lo nuestro, soslayando a Casablanca (Dar al-baidá, en árabe) se hurta Marruecos a quienquiera que le interese. La única referencia al alcance de los visitantes es esa peliculilla de serie B, rodada en estudio, blandengue y descriptiva de una situación más cercana al Tánger de los años cuarenta del siglo XX. No se busque nada en la actual capital económica del país que remita a la cinta. El actual Rick’s Café es el invento de un matrimonio espabilado. Lo que no se explica es que la ciudad se desarrolló a partir del protectorado francés, con la insustituible ayuda de una nutrida y emprendedora colonia española. Se estableció ésta sobre todo en el barrio de Maarif, donde aún pueden reconocerse rasgos hispanos. Junto a la mezquita Al-Andalus, en un precioso mercado a la europea, puede comprarse hasta jamón –sí, jamón-, esa obsesión nacional nuestra. Conserva el barrio bastante del sabor de las ciudades del mediodía, versión sesenta/setenta. Algo huele a Málaga, a los barrios populares de Sevilla. Más lejanamente al Badajoz de las calles San Juan y Meléndez Valdés, cuando eran ellas. Un aire apacible, tráfico aparte, con pequeñas tiendas de todo: talleres de electrodomésticos, impensables ya por estos pagos, librerías, sastrerías. Cafés donde ver pasar el mundo y la vida y, si apetece, comerse un pastel de aspecto y gusto mestizo, mitad magrebí y mitad francés. Casablanca es todo Marruecos, más que ninguna otra de las ciudades de nuestro vecino del sur. Casi tanto como Badajoz es la mitad de Extremadura. Nada de lo importante se ve. Y casi nada de lo que se ve es importante. O no tanto como se proclama.

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