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La atalaya

Casablanca (y III)

Fernando Valdés Fernando Valdés
11/06/2018

 

No escribo sobre Casablanca porque quiera presumir de viajero, como ahora está tan al uso. Lo hago por dos motivos: porque me encanta esa ciudad -parece una constante que me gusten las ciudades feas y acogedoras- y porque sorprende cómo las empresas turísticas inventan un supuesto exotismo para vender un sitio que no lo es tanto. Lo más interesante queda fuera del alcance de los visitantes de unas horas y se les presenta como típico marroquí algo que, si es algo, es francés. O, mejor dicho, francés colonial. Los turistas extranjeros van a Casablanca porque es un punto céntrico y bien comunicado, si se llega en avión, y es el único puerto marroquí, con Tánger, donde pueden fondear trasatlánticos. Quiero decir que nadie llegaría allí, al margen de los negocios, si no fuera porque es cómodo. Y ya que está, pues habrá que venderle algo. Y para eso se recurre al exotismo facilón de lo marroquí o de lo árabe. Da igual, porque al turista europeo, americano o japonés de a pie le da lo mismo. No entiende nada. Se le muestra, como si fuera un portento de la arquitectura islámica, el barrio del Habús, planeado y construido por un francés a comienzos del XX. No cabe duda de que es una curiosidad, pero solo una reinterpretación colonialista, a la morisca. Eso no se les cuenta a los visitantes y se deja pasar la oportunidad de hacerles asistir, por ejemplo, a un concierto de música magrebí –o andalusí- que es la auténtica clásica del islam occidental. ¿Qué flamenco, teniendo tanto, se ofrece a los turistas que llegan a Badajoz? También se ofrece la visita a la famosa mezquita de Hasán II, que es impresionante por fuera, pero un bodrio al interior. Levantada por otro francés con un derroche de medios artesanales -y de dinero, descontado a la fuerza de la nómina de los funcionarios- sin saber distinguir lo que es una mezquita de un patio con arriates. Nuestra catedral solo se visita si hay suerte.

Todo esto lo describo porque en el mundo del turismo existe un patrimonio inventado o falsificado o tergiversado. ¿No pasa igual en Badajoz? ¿Es que la ciudad y su historia se resumen en una subida y bajada por la calle Zapatería, una vuelta rápida por la Alcazaba y una bolsa de jamón al vacío?

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