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Cogitabundo

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
22/03/2016

TCtamino estos días de primavera y semana santa, de España en funciones, Extremadura en punciones y Badajoz en cauciones, cogitabundo, como César Vallejo, creyendo a ciencia cierta que "se enorgullecerán mis moscardones,/ porque, al centro, estoy yo, y a la derecha,/ también, y a la izquierda de igual modo". Sorteando el báratro de las redes sociales y a los arrepticios que no perdonan ni su propia hiel, me abandono a tiempos delicuescentes sabiendo que he de atropellar, como Don Quijote, a los monstruos de la intolerancia, de la ignorancia y de la impertinencia, vestiglos apostados en cualquier esquina con la obsesión de robarte los sueños o, simplemente, llevarte la contraria. Turiferarios del poder y la pluma, de la pepla y la jindama. Quevedo los definía bien cuando hablaba de tirar la piedra y esconder la mano: "¿Pues cómo, maldito, lo que es justo será reprehensible, ni ridículo? ¿Ves tú que eres más veces echacantos que tira-piedras?").

Son tiempos de faramalla a espuertas, de vilordos dándote lecciones, razas ubérrimas abonadas al gorigori, sicofantas profesionales, tal vez de los que ya hablara Larra ("Déjame, Andrés, que de la corte huyendo,/ de tantos vicios hórridos me aleje,/ como en mi patria mísera estoy viendo;/ ni te asombre que, al tiempo que los deje,/ ya que enmendarlos mi razón no pueda,/ en sátiras amargas los moteje") o Goytisolo ("El Chirrín es hombre rijoso y, al sonreír, enseña los dientes amarillos, picados"). Querellantes patológicos -Ortega los llamaba querulantes- y artificiosos licenciados en onomancia, van dejando tras de sí la incuria y apartando de su altar al numen que les guíe por la sensatez y la credibilidad. Es una época lardosa, cuajada, como en los pazos de Ulloa, del "mefítico ambiente de las intrigas cuotidianas en las aldeas", donde nos satura la descomposición de la que Cela habla en Mazurca para dos muertos: "Don Mariano Vilobal, el cura zullenco, se cayó del campanario y se desnucó, hay épocas amargas, las guerras púnicas, la gripe"

Quería escribir sobre el Badajoz de juergas y huelgas, de locuaces debates que son viajes a ninguna parte, de condenas que no se aceptan, pero, tal vez, el congreso internacional de la lengua española merecía un juego de palabras para relajar. Y, de paso, desviar la atención, hacía lo importante y no al todos y todas, el A Coruña o la feminidad del homenaje.