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la atalaya

Cruzadas (II)

Fernando Valdés Fernando Valdés
06/05/2019

 

Escribía hace unos días que las cruzadas fueron, además de todo lo sabido, un movimiento cultural. Lo violento y sangriento que se quiera. Y, además, los árabes y los bizantinos, lo percibieron de un modo totalmente distinto a como lo entendieron los occidentales. O, si se quiere, los distintos reinos europeos que participaron de un modo u otro en ellas.

Los súbditos de los principados hispanos tuvieron una participación muy episódica y apenas colectiva, aunque no faltaron individuos aislados. Se suponía que tenían sus propios deberes en este lado del Mediterráneo y estaban exentos de acudir a la llamada Tierra Santa.

Pues bien, si leen el libro de Amín Maalouf, Las Cruzadas vistas por los árabes, una estupenda y rara obra de divulgación, se percatarán de que para ellos aquel movimiento no era religioso sino, simplemente, invasor, en el pleno sentido del término.

Unos extranjeros de tierras lejanísimas que se presentaron allí sin llamarlos nadie, a liberar unos Santos Lugares del cristianismo que, en el momento de producirse su llegada, no sufrían peligro alguno.

Uno de los pretextos usados para justificar la invasión se había producido mucho antes, en el contexto de las luchas entre el Imperio Romano de Oriente y los distintos principados islámicos que se repartían la Siria y la Palestina históricas.

Las comunidades cristianas de Oriente no los vieron, ni mucho menos, con buenos ojos. Ni como liberadores. La saña con la que se emplearon al apoderarse de varias ciudades y no solo de Jerusalén no libró a aquellos correligionarios de las comunidades no latinas. Se los trató con la misma crueldad que a musulmanes y judíos. Aquellos guerreros europeos se comportaron como auténticos salvajes. Sorprende, y a eso voy, que los dos principales edificios religiosos de la capital de Palestina, la mezquita de al-Aqsa y la Cúpula de la Roca, se salvasen de la destrucción. En el primer momento las Cruzadas fueron como un incendio que lo arrasa todo, pero cuyas cenizas sirven de abono a nuevas plantaciones. Y ahí comenzó todo. ¿Quién iba a suponer que a una de sus olas alcanzaría a una pequeña y lejanísima ciudad de Occidente llamada Batalyaws? A la futura Madre de Todas las Estatuas.

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