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la atalaya

Cruzadas (III)

Fernando Valdés Fernando Valdés
13/05/2019

 

La Primera Cruzada constó de dos movimientos. Uno, popular y, otro, señorial y militar. Lo que en ese momento era prácticamente lo mismo. El primero, formado por una amalgama de gentes fanatizadas y dirigidas por un visionario, Pedro el Ermitaño, fue presa fácil para los turcos. Creían que con solo la fe y el supuesto auxilio de Dios, predicado por el papa Urbano II, los «infieles» iban a poner pies en polvorosa. Se equivocaron y los musulmanes hicieron una escabechina. Casi a la vez tuvo lugar un suceso que invadía el ámbito de lo cultural. Los cruzados, los militares, penetraron en el Imperio Romano de Oriente y se presentaron ante el imponente recinto amurallado de Constantinopla. Aquello eran palabras mayores. Finalizado unos seiscientos años antes, era el compendio de todo cuanto se sabía por entonces en materia de poliorcética. Nada, ni nadie había superado a esa escala la potencia de aquellas murallas y de sus dispositivos técnicos –forma de las torres, organización de las puertas, sistemas de tiro, etcétera–. Y, además del recinto exterior, había otro interior, más antiguo –levantado por Constantino el Grande– que dejaba entre ambos un gran albacar, ocupado por campos de cultivo, grandes albercas e, incluso, varios monasterios. Por primera vez los guerreros occidentales se veían ante algo así. Se quedaron quietos. Era demasiado hasta para ellos. Pidieron permiso para entrar, pero recibieron una negativa. Los bizantinos no se fiaban ni un pelo de ellos. Los dejaron aprovisionarse y es de suponer que sacaron buenas ganancias vendiéndoles vituallas. El emperador solo recibió a los caudillos –una comisión, diríamos hoy-. A la corte aquellos personajes les parecieron groseros y detestables. Solo el conde de Tolosa, yerno del leonés Alfonso VI, se salvó del juicio denigratorio. Hubo un testigo de excepción, que nos dejó un cumplido relato del suceso: la princesa imperial Ana Comneno, hija del emperador Alejo I. Mujer cultísima, destinada, hasta que le nació un hermanito, a lucir la púrpura sagrada. Por esas fechas las cosas ya pintaban bastos en Batalyaws. Los aftasíes habían caído. ¿Por qué no les ponen una estatua a cada uno de sus reyes? Daría mucho lustre.

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