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Espectáculos

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
09/02/2016

TVtargas Llosa ha escrito que "en la civilización del espectáculo la política ha experimentado una banalización acaso más pronunciada que la literatura, el cine y las artes plásticas, lo que significa que en ella la publicidad y sus eslóganes, lugares comunes, frivolidades y tics, ocupan casi enteramente el quehacer que antes estaba dedicado a razones, programas, ideas y doctrinas. El político de nuestros días, si quiere conservar su popularidad, está obligado a dar una atención primordial al gesto y a la forma de sus presentaciones, que importan más que sus valores, convicciones y principios". Una prueba de esta banalización política que nos embarga, de este espectáculo continuo de poses y mensajes falsificados y de este postureo hipócrita e infantil es el Barça jugando con la senyera de camiseta o tomando partido por la independencia, Belén Esteban o Kiko Matamoros pidiendo el voto o analizando la actualidad, la obsesión de la Sexta por crear otro chikilicuatre, el circo de la Bescansa con el niño, el esmoquin de Iglesias en la alfombra de los Goya, el gallinero del Congreso, el callejero de Madrid, los titiriteros pasados de frenada y los otros titiriteros que se han puesto de su parte, los 17 noes de Snchz al PP con frases tan cursis como "que abandone toda esperanza" (nada más le faltó "venirse arriba" y actuar "como si no hubiera mañana"), Revilla hablando de las más de cien empresas que forman el Ibex 35 y el Alo Presidente de la sobreexposición mediática de algunos, por no hablar de los del cine pidiendo la rebaja del iva cultural pero sin solicitarla para otras profesiones y colectivos o de toda esa recua de demagogos que dicen no querer privilegios y están engordando cuentas corrientes similares a las de la casta. En 1967, Guy Debord escribió un libro titulado "La sociedad del espectáculo", algo radical, es verdad, donde, entre otras perlas, afirmaba que el mundo se divide entra una minoría perversa que domina a través de la desinformación y los ingenuos que la aceptan: "La desinformación es el mal uso de la verdad. Quien la difunde es culpable y quien la cree, imbécil". A veces, tenemos la sensación de que, efectivamente, el mundo es así y que aquellos que creíamos minoría contestataria e indignada han mutado en revolucionaria y desean ahora imponer sus coordenadas para que sigamos siendo los mismos los que tengamos que pasar por imbéciles. Claro que siempre nos quedarán los expertos que, según Debord, cuanto más mienten, más expertos son.