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CRUZANDO FRONTERAS

Hasta hacerse la luz

 

Cuando rompí la primera vez aguas, estaba sola. Puse a Glenn Gould altísimo para que las Variaciones Goldberg resonaran dentro de mí, como siempre hago para espantar el miedo. Cogí aire y empecé a ordenar armarios. La ropa blanca. Los cajones.Y cuando llegaron las contracciones me senté, feliz, mirando los jerseys clasificados por colores y todo relimpio. Por eso quizá asocio ordenar y limpiar a un acto de amor. Así empece el primer domingo de reclusión. Aupada con el paño en la mano y los cuartos oliendo a jabón. Moviendo muebles encontré cosas perdidas, botones, pendientes, y una mantita en la que hace demasiado tiempo comencé a bordar el nombre de mi madre. Hoy se me han pasado las horas enhebrando la aguja y queriéndola mucho. Su casa tan cerca y ahora tan lejos. Con cada puntada un abrazo. Invisible como un puente que enlaza y une y supera la distancia y la enfermedad y el abismo de no saber. Sabiendo lo importante. Esta cuarentena que, dicen está hecha de miedo, está tejida de cuidado. Con hilos de conciencia, de paciencia, de ayudarnos, de aprender. Cada día las ciudades estaban llenas de ruido y prisas, las casas esperaban, vacías, hasta que el regreso de sus dueños les diera sentido. Ahora las calles empiezan a creer en el silencio, los árboles vuelven a oír al viento y las casas están contentas como niñas con zapatos nuevos. En la cocina huele a protección, a responsabilidad, a fuego lento, a café, a ideas y versos recién hechos.Se enseñan recetas a quienes la preocupación les ha cerrado el estómago y la inventiva. Se estudia y trabaja, y se dibuja y se escriben columnas. Se abren las ventanas y la temporada de consejos y de historias antiguas y los cuentos. Se sale al balcón, se aplaude y se da las gracias. Se pegan en los cristales dibujos para los niños de enfrente. Se dice un hola con eco. Se riegan, se cuidan las plantas, y a los que queremos, por teléfono. Se arranca la mala hierba, y la desazón del pecho. Y se deja una empanada con una sonrisa de hojaldre en el felpudo de la vecina, que vive sola. Suena la lavadora, las películas en el sofá, los niños jugando, los haya paz y el Nabucco de Verdi. Y cuando cae la noche, se miran. Las siluetas de los otros, que parecen detenidas, viven, respiran, resisten, vencen. Canturrean, sin darse cuenta de que alguien, en la oscuridad, repite el estribillo. La noche titila con chispas de voz, in crecendo, se convierte en un coro, que como una una llama, se alza, se expande. Derrotando las tinieblas. Hasta hacerse la Luz.