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cruzando fronteras

Harry, descansa en paz

 

Al poco de conocerle, cuando ya su personalidad me había arrollado como un tren sin darme tiempo ni para despegar los labios, pensé en «Que Bello es vivir» con la certeza de que su existencia había cambiado la vida de los demás. Sus padres entraron a los Estados Unidos por la isla de Ellis, desde Austria. Y como la mayoría de los emigrantes se instalaron en aquel New Jersey pobre, dividido en remedos de sus países de origen, donde nada parecía haber cambiado, el idioma que solo mudaban para ir a la ciudad, los niños con las rodillas melladas jugando en la calle, el olor del goulash escapando por las ventanas. Y buscando un lugar sin aristas, finalmente Harry creció en el campo, en Pensilvania, en una aldea entre Nueva York y la tierra de los amish. Terminó el instituto y se alistó en las fuerzas aéreas para luchar contra los alemanes, en la misma Europa que su familia abandonó para buscar una vida mejor. Piloto de un bombardero cuya misión era acabar con los depósitos de petróleo nazis, llegó a una Italia luminosa y bella sin dejar de pestañear, con un asombro parecido al que sintieron sus padres cuando atravesaron el océano. Y con un regimiento a su cargo y aquel espíritu de sacrificio y de aventura que la última generación del sueño americano derrochaba a su paso. Volvió con la espalda tatuada de la sombra de los nunca regresaron y con el pecho lleno de luz. Con la certeza de lo efímero y la alegría de sentirse bendecido, lleno de gracia, por el íntimo regocijo de haber sobrevivido y con la misión que nunca le abandonó hasta su muerte: Agradecer y dar. La universidad, su propia familia y después, con la vida ya hecha, ingresó en la iglesia con Martin Luther King como ejemplo, con el corazón lleno, la mente abierta, la mano tendida y las mangas remangadas. Le gustaban los abrazos, preguntar por los tuyos, escuchar. No había tiempo para nostalgias, solo para hoy. Apuraba cada día, sencillamente. Como sus ojos azules que te bebían hasta llegar al fondo para saborear contigo las horas, con la dicha de quien recibe un regalo. Con la felicidad de quien no necesita nada, ni nada espera y sin embargo te recibe como si trajeras amor recién hecho, para acompañar el té de la tarde. Y te da las gracias. Tantas veces que los ojos se nos empañan. Detrás, sobre un aparador, nos mira en blanco y negro el mismo chico con su cazadora de piloto y todos sus hombres junto al avión. El mismo con el que habrá vuelto a casa.

1 Comentario
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Por J.Pablo 11:36 - 28.11.2018

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Precioso artículo. Felicidades Rosalía.

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