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la atalaya

Historia (VIII)

 

Fernando Valdés Fernando Valdés
27/03/2020

Yo no tenía ni idea de lo que podía aparecer en el subsuelo de la Alcazaba, porque las predicciones se acercaban más a las de una pitonisa que a las de la certeza científica. Tuve que optar por el simple cálculo de probabilidades. Dos sondeos se abrieron en la zona más alta accesible. Todavía no podíamos excavar en el área del Hospital Militar, en uso, que era bastante más grande entonces, y el permiso de Capitanía General de Sevilla para hacerlo en el jardín inmediato llegó para la segunda campaña. Debo certificar que los jefes y oficiales del centro castrense se interesaron mucho por nuestra labor, acudían con frecuencia a preguntar y alguno, en un momento concreto, nos aportó una opinión de altísimo interés para entender uno de los hallazgos. Y, por cierto, permitían que se comprasen refrescos en el bar del hospital. ¡Nadie sabe lo que fue el calor de aquel mes de julio! La idea era que si en la alcazaba hubo alguna vez un edificio palacial –en ninguna crónica se afirma que Ibn Marwan o los aftsíes residieran allí-. Solo se habla, de modo muy sesgado y dudoso, de una mezquita privada. Pero eso, de ser cierto, era buscar una aguja en un pajar. Solo después de años dimos con ella, en unas circunstancias mucho menos favorables, y ya dentro del edificio, cuando había cesado su función original y estaba en proceso de rehabilitación.

Es poco conocido, ahora que está de moda hablar de Tarteso, que en nuestra alcazaba aparecieron cerámicas de retícula bruñida. Un tipo de alfarería característico de la cultura tartésica. Más toscas que las recogidas en otros lugares y, desde luego, sueltas en un contexto muy removido. Pero salieron, y están citadas en publicaciones. Estarán conservadas, supongo, en los almacenes del Museo Arqueológico, donde se depositaron a su debido tiempo. Muchas veces se lo he comunicado a colegas especialistas en esa época. Nadie las ha revisado, que yo sepa. El desdén, entre especialistas cercanos, hacia lo que hacíamos allí también jugó su papel. Al fin y al cabo era un yacimiento medieval y no romano y de eso, ellos, no sabían nada de nada. De haber aparecido una estatua de mármol pronto me hubieran sustituido o acompañado en la dirección, que es peor.