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cruzando fronteras

Juegos

 

Al aterrizar te reciben las musiquillas, los irritantes ring de las máquinas y una inesperada sala de juego en pleno aeropuerto, porque a Reno se va, sobre todo, a jugar. En la sala de embarque, en el corredor alfombrado hasta la salida, custodia el paso, como si fuera el palmeral de Beberly Hills el tintineo de los dólares cayendo. Acompasa como un metrónomo las horas de espera. Las compañías de alquiler de coches te ofrecen boletos para la ruleta y los taxis; en la puerta anuncian Luck entre guiños y tréboles verdes. El trayecto hasta el hotel lo salpica otra clase de juego: Capillas para casarse, salones de bodas, siluetas de Marilyn y Elvis, Cowboys engalanados con lentejuelas que anuncian que sí, vengan, es legal casarse aquí. Más allá, los carteles parpadean como el reflejo de diamantes del anillo de un abogado que te incita a resolver tus problemas: «Recupere su libertad, nosotros se la conseguimos rápido, sin preguntas. Divorcio express».

En la margen izquierda de la autopista compiten los anuncios de majestusos edificios, fotogramas de épocas doradas, en que el aparcacoches abría la puerta a una Kim Novack envuelta en su estola y un vaporoso vestido de vuelo, y caballeros con smoking y gomina en el pelo sostenían sus vasos de guisqui mientras jugaban al póker, con la publicidad de conciertos de Tom Jones y Tony Bennet. Para dejar paso a otra clase de llamamientos, los «pagamos sus anillos de boda y compromiso», «valoramos sus armas», «somos la más discreta casa de empeños», «préstamos al instante», «obtenga liquidez inmediata», que hacen el coro, la segunda voz, a los casinos. Traspasar la puerta es abrir la boca, con los ojos desorbitados y las escenas de cine en las pestañas.

Y olvidando si es de día o de noche, sin relojes, avanzar entre fuentes, canales de Venecia, camareros que te hablan italiano y te susurran la carta de pizzas, torres eiffels, bandejas de champán y ostras, estatuas fluorescentes de la libertad a juego con hamburguesas con banderitas tricolores y cervezas de litro. Sortear señoras con su andador o el carrito del óxigeno, grupos de solteros con camisas hawayanas, parejas que chocan sus manos y amigas que rozan sus traseros con cada golpe de suerte, para buscar la salida, escondida. Y por fin respirar el aire trasparente del desierto, los cielos confundidos, el horizonte inabarcable que asciende hasta las montañas, sabiendo que la partida se juega fuera, esperando que los dados que nos han tocado sean buenos y la baraja esté sin marcar.

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