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Disidencias

Mamacallos

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
26/07/2016

Decíamos ayer que el torturador nato en tiempos vacacionales es el preguntón por ósmosis, el pesado por abyecto y el filosofastro por engreído. ¿Cuándo te vas de vacaciones?, te pregunta irreverente en cualquier esquina con cuarenta grados a la sombra. ¿A dónde te vas?, te inquiere inquisitorial, condenándote de antemano porque tu respuesta, con toda seguridad, no será de su agrado. ¿Has vuelto ya?, te agrede sin compasión.

Y allá está el tío, apostado en una esquina, a la salida de un despacho, por un frío pasillo, durante el desayuno, en la cola del pan, bajo la ducha en la piscina, esperando el ascensor, comprando el periódico, en la acera de enfrente del semáforo y ya sabes que te ha visto. Estás perdido porque el preguntón te aborda sin contemplaciones, te coge por el codo o antebrazo, para que no escapes.

No me voy de vacaciones, le digo. Y se desata la compasión, la condescendencia, la pena. Como si te hubiera dejado una novia. Cree que no hay nada peor que no ir de vacaciones. Porque piensa que no tienes dinero, que la crisis te ha alcanzado, que estás tieso, que no tienes imaginación. El tiene de todo; tú no, aunque su destino haya sido la playa de Chipiona, cargando con sombrilla, la nevera llena de quintos de cruzcampo, los filetes empanados y la sandía de quince kilos. Me voy a Nueva York, mala fecha. A China, lejos. A Argentina, es invierno.. A la montaña, pasarás frío. A la playa, ¿a cuál? Porque, claro, se las conoce todas. A París, ¿con la que está cayendo vas a coger un avión? Por cierto, ¿con quién vuelas? Iberia. No es fiable. British, pufff, mal rollo. Delta, unos siesos. En fin, no hay nada, ni destino, ni medio de transporte que le satisfaga. ¿En qué hotel te quedas? No me digas, ahí estuve yo y es malo pero malo. Le miro y le deseo que llegue septiembre, la visa, los libros y los uniformes. Un mamacallos entrañable que odiamos a muerte.