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el chinero

Lo mejor y lo peor

En una tarde de aplausos me he sorprendido a mí misma lanzando besos a la vecina de enfrente, a la que no conocía

 

Lo mejor y lo peor -

Ascensión Martínez Romasanta
29/03/2020

Estos días en los que el teléfono echa humo en los grupos de whatsapp con mensajes de ánimo y memes de humor para sacar sonrisas al otro lado de la pantalla, he decidido dejar de compartir con mis amigos y personas cercanas las malas noticias, que nos llegan a borbotones a través de los medios de comunicación, porque el coronavirus inunda páginas y parrillas. La congoja que me produjo la imagen nocturna y silenciosa de la caravana de camiones militares transportando ataúdes en Italia, o el Palacio de Hielo de Madrid, otrora lleno de música y de piruetas, transformado en morgue porque los crematorios de la capital del reino no dan abasto, han sido mis últimas contribuciones negativas de puesta al día, porque a nadie hace bien que le repitan lo que desgraciadamente ya sabe. Son días en los que todos necesitamos mensajes de ánimo y esperanza.

Como contrapunto a las malas noticias, las redes sociales se han pertrechado de iniciativas solidarias e ideas hermosas compartidas. Canciones de murgas compuestas para la ocasión, vídeos de los profesionales sanitarios de las Urgencias del Perpetuo Socorro o de la planta de Nefrología del Universitario mostrando que no todo son penas. Alegres composiciones de la comunidad educativa del colegio Nuestra Señora de la Luz o de los profesores del instituto San Fernando dirigidas a sus alumnos.
Y aplausos, esos aplausos a las ocho de la tarde, la hora feliz, que muchos aguardan con impaciencia. Aplausos de apoyo al personal sanitario que se está dejando la piel luchando contra la enfermedad y contra la escasez de medios. Aplausos a los transportistas que llenan nuestras neveras, a los cajeros de los supermercados, aplausos a los trabajadores de la limpieza, a los militares que desgraciadamente cumplen una nueva misión en su propia patria y aplausos a esos cuerpos y fuerzas de seguridad que se afanan en que todos permanezcamos en casa y quedan al caer la tarde para acompañarnos con sus sirenas.

Aplausos a las ocho de la tarde que han puesto a tope nuestra válvula del agradecimiento. Una amiga mía, que habitualmente no pasa tiempo en casa (hasta hace quince días) por motivos de trabajo, comentaba que se ve con prisas cuando va llegando la hora porque tiene que adecuar el teletrabajo a la cita ineludible de las ocho, ahora que se siente integrada en «ésta nuestra comunidad». Es el momento en el que los vecinos se ven, cantan cumpleaños feliz cuando a alguno le coincide la fecha y se saludan con gestos de complicidad y comprensión. En una de esas tardes de aplausos, me he sorprendido a mí misma lanzando besos a la vecina de enfrente, a la que antes no conocía, en un alarde de exaltación de la amistad, fuera de lugar incluso en estos momentos, y que llegó a ruborizar a la receptora. Mucho me temo que a medida que pasen los días, lo volveré a hacer. Me sale solo.

Esta crisis ha conseguido sacar lo mejor de nosotros mismos y las redes han procurado que podamos compartir sentimientos multiplicándolos. Pero también ha salido lo peor.

Cuando topo con alguno de esos mensajes que tanto odio y mala baba transmiten, esos que ponen autoría a la tragedia y ya han encontrado y condenado a los culpables, el alma se me cae a los pies. Me decepciona que con la que está cayendo, con lo que estamos viendo, oyendo, escuchando y sufriendo, con los problemas que hay ahí fuera, haya quienes se empeñen en provocar gangrenas, procurar divisiones obscenas y causar daño sin pudor y que siempre encuentren palmeros que magnifiquen el daño. Quiero pensar que son una minoría. Lo peor de lo peor.