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la atalaya

Nacionalismos (VI)

 

Fernando Valdés Fernando Valdés
18/03/2019

Los cristianos de Toledo -observen que no uso el término en sentido ideológico llamándolos mozárabes- se dieron cuenta muy pronto de que la afinidad ideológica con sus vecinos leoneses del norte no los favorecía especialmente. Todo lo contrario. Dentro de la sociedad islámica, a pesar de su inferioridad jurídica respecto a los musulmanes, tenían una posición consolidada y, aquellos dedicados al comercio, desarrollaban su actividad sin el menor inconveniente dentro de un entramado social, en el que los comerciantes son los auténticos árbitros del sistema. Me viene a la pluma la opinión del maestro C. Cahen cuando afirma en uno de sus muchos trabajos que la sociedad islámica medieval estaba dirigida por militares, pero gobernada por comerciantes. En Al-Ándalus ocurría exactamente lo mismo. Sin tanto predominio ideológico como se pretende, exageradamente, en ocasiones. Y, por cierto, los principados islámicos fueron en general bastante respetuosos con el estatuto de los grupos ‘protegidos’. Hubo, sin duda, persecuciones, pero muchas menos, sin comparación, con las que luego se dieron cuando dominaban los príncipes cristianos.

Tampoco la península Ibérica se benefició de una situación tan especial como afirman, para justificarse, las teorías nacionalistas -españolistas, catalanistas, vasquistas-. Debe recordarse, para comparar, cómo se comportaron los cruzados cuando consiguieron apoderarse de Jerusalén (1099), haciendo una degollina, y cómo correspondió el famoso Saladino -Salah al-Din b. Ayyub-, cuando retomó la ciudad algunos años después. Los cruzados exterminaron más cristianos, miembros de iglesias orientales, que los musulmanes después de siglos de coexistencia. Y, hasta hoy, las llaves del Santo Sepulcro están en manos de una familia musulmana, que cierra y abre el templo cada día. Único método que encontró el sultán para evitar el enfrentamiento entre ‘nasraniin’ (= nazarenos) . No es un ejemplo traído por los pelos. Por eso, y por más cosas, que remataré pronto, las simplificaciones, si se usan como un apoyo propagandístico más, no son buenas. Provocan, o tienden a hacerlo, reacciones viscerales injustificadas y, en definitiva, no son ciertas.