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Cruzando fronteras

Prospect Park

 

Le perseguía la agenda, y eso que la compró color rosa amable, el trabajo, estresante, las revisiones médicas, la del coche, los arreglos aplazados de la casa, las visitas pendientes, revisar los saldos, borrar viejas fotos del móvil, pasear con su madre, devolver llamadas, podar la lavanda, hacer ejercicio, estudiar inglés, echarse crema por las noches, encontrar la garantía del lavavajillas,... las penas antiguas, los lastres. Respirar. Profundamente. Por eso iba siempre con prisa, queriendo estar en otra parte y en esa a la vez, dejando conversaciones a medias, comidas a medias, el café frío, la señal del capítulo enredado en el sueño. Siempre escaso. Cerró la puerta tras de sí.

La espalda contra la pared. Se dejó caer al suelo. Y el pecho le dolió buscando aire. Delante un armario con luna le devolvió su cansancio. Se lo echó en cara. Y ella se levantó para disculparse, como era costumbre. Lo abrió, tocando los abrigos, entró y abrigándose con ella misma, se hizo un ovillo. Un ratito solo. O escondidinha. Al instante ya se despereza, los ojos se espabilan y se sacuden de peso y se llenan de sueño y de los países maravillosos que Bioy Casares decía que vivían en los libros. Tararea Volare. Y los dedos tocan agujas de pino. Su nariz se inunda de olor a musgo. Pasa a través de la ropa colgada, de la curiosidad y de las bolas de naftalina y llega a la nieve. Un traspiés y un asombro tan grande que pierde el equilibrio. Es invierno. Atrás quedó el armario. La Frontera.

El paso a la rutina. Casi espera verse como Alicia, con su vestidito azul cielo. Pero es ella, igual. Otra. Llena. Inspirando, limpio. Hasta dolerle los pulmones. Pasan cosas: Las horas blandas como los copos. Un lago. Bodas. Niños. Desfiles. Flamencos. Fotografías. Cerezos en flor. Poetas en flor. Dos enamorados en un banco. Las manos unidas, la vida unida. El sol cae sobre Prospect Park. Y también sobre Narnia. Ella les mira, se sonríen, antes de reemprender el camino de vuelta. Cada uno a su verso, a casa. En Brooklyn. Donde habitan las palabras. Donde sobran las palabras. Y el amor es tan mágico que traspasa los océanos, los tiempos, los armarios, el alma.

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