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la atalaya

Ramadán (I)

FERNANDO VALDÉS Arqueólogo
02/07/2018

 

Acaba de finalizar el ramadán con la fiesta del Aid al-Fitr, una de las más importantes del islam. Se acabó el mes de la penitencia y de la alegría. Penitencia, porque los creyentes han de abstenerse de comer y beber –también agua- y de relaciones sexuales. Modernamente se ha sumado la prohibición de fumar. Desde que, de madrugada, puede distinguirse un hilo blanco de uno negro, hasta que ocurre lo contrario, al caer la tarde. Esa es, al menos, la teoría. El momento del iftar (ruptura del ayuno) está regulado por unas tablas editadas por las autoridades religiosas y ajustadas en cada país a la latitud y a la longitud geográficas. Porque anochece antes en el Mashriq (Oriente) que en el Magrib (Occidente). De esto se deduce que, en una sociedad con el ritmo de vida actual, esa penitencia pone a prueba la capacidad y la voluntad individuales. También las colectivas. En los países de mayoría musulmana el ritmo se adapta a la norma. Aunque la actividad administrativa y laboral continúen, por fuerza se vuelven más lentas. Los restaurantes cierran de día. El no musulmán se ve obligado, para tomar un simple café, a ir a un hotel, donde, por lo general se autoriza a atender a clientes durante el día. Pero, también hay que contarlo, en Marruecos no es infrecuente que, si te acompaña alguien con aspecto «marroquí», se nieguen a servirle a él.

Esto no es una guía para turistas, pero si las vacaciones de alguno de ustedes coinciden con la fecha del ayuno conviene informarse antes. Los convencionalismos sociales, más que los religiosos, le pueden amargar el viaje. Es más fácil moverse, en este sentido, por países con grandes minorías no musulmanas. Pero, al mismo tiempo y a eso voy, puede comprenderse, a la inversa, la dificultad de cumplir la norma para los musulmanes residentes en países de cultura no islámica. Impresiona ver a los trabajadores resistiendo, día tras día, la actividad laboral, sobre todo si exige esfuerzo físico, sin haber comido ni bebido y, como consecuencia del ritmo de las colaciones, casi no haber dormido. Piénsenlo cuando se encuentren con algún musulmán en Badajoz durante el ramadán, si saben que lo sea. Puede ser una tortura hasta ver comer un bocadillo.

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