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cruzando fronteras

‘Recomienzos’

 

Van cayendo las horas despaciosas de la tarde, acomodándose a su silueta como un traje usado. Dejando su peso, abandonado, en el sillón. Marca que la luz de invierno teje sobre los ojos. Mientras, sin prisa, repasa los quehaceres de mañana y acomoda sobre su regazo las bolas de cristal entre hojas de periódico. Las más pequeñas en cartones de huevos, las de fieltro y lana en bolsas de tela hechas de retales. La estrella en un estuche de colonia. El Misterio vuelve al aparador, a recordarnos, tras los cristales, un calendario. Sobre la mesa, austera ya, esperan su orden, la vajilla, la sopera de la Cartuja, las copas como vidrieras en la siesta. Las cucharas, pesadas, se frotan, reflejando su sueño. Se dejan colocar, encajadas, cada una en la rutina de las otras. Cae también un silencio que empaña las ventanas, la niebla blanda. Un copo de nostalgia. El runrún de la lavadora ya desacostumbrada a tantas servilletas, de las maletas que se cierran para alejarse un poco. Más. El Mesías de Haendel, los Christmas carols de Saint Martin in the Fields, la Noche Blanca de Bing Crosby y Sinatra regresan al final de los estantes, aguardando un nuevo turno y un nuevo diciembre. Urge desechar trocitos de turrón que empalagan los comienzos, pequeñas metáforas que obstruyen el vuelo. Polvorones traspapelados como los tickets para cambiar un jersey pequeño, un libro que ya se tiene, un desencuentro que no se quiso. Urge volver a acomodar en la despensa las botellas de champagne que no llegaron a descorcharse, un poco mohínas, celosas de esa alegría fría, aflautada, que nos hicieron suspirar y achicar los ojos y chasquear la lengua, de gozo. Llenándonos. Colmar los fruteros de naranjas, de sol, aunque hiele por las mañanas. Urge templar el cuerpo y curar excesos con caldo y paseo, y llamar y visitar a quienes estos días les duelen, aplicando ungüento de tiempo y oídos prestos. Sacudir las agendas para que solo quede prendido lo que de verdad importa, alisar las páginas blancas para que luzcan los renglones derechos y la buena letra. Y colgarnos buenos propósitos de pendientes para que nos bailen en la cara y los veamos cada día un poquito en el espejo del coche, de llavero para nos conduzcan a casa, anudado en un dedo para no olvidarlos, bajo la almohada para incubarlos y que crezcan frondosos en primavera. ¡Recomencemos!

*Abogada

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