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disidencias

Semántica

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
04/02/2020

La semántica estudia las palabras y su composición. Parafraseando a Hannah Arendt, en algunos contextos, la historia nos está permitiendo observar la banalización del mal en las palabras. Se hace de manera sinuosa, apenas imperceptible, es más claro el objetivo en los estados totalitarios, pero más devastador, por su práctica invisibilidad, en democracias heridas de muerte por esa corrupción de las palabras, y no tanto en las cuentas corrientes, aunque estas acaben engordadas a costa del uso perverso del lenguaje. El periodista Alex Grijelmo escribió que «la intención de seducir con las palabras ha alcanzado en la política y la economía, en las almenas del poder, su más terrible técnica». Y cita a Karl Kraus, que desmenuzó la propaganda totalitaria construida con las palabras, un armamento verbal diseñado para seducir y manipular: «Es en sus palabras y no en sus hechos donde yo he descubierto el espectro de la época». Yendo al grano, en nuestro país, políticos y periodistas, al referirse a Esquerra, blanquean al partido denominándolo «republicano» y huyen de términos, también reales, como nacionalista, separatista o independentista. Se crean ministerios de semántica gaseosa: Memoria democrática, Agenda 2030, Transformación Digital, Transición Ecológica, Reto demográfico, Agenda urbana, Economía social (¿competencias no incluidas en el de Asuntos Económicos?) o Inclusión. A ellos, se les suman otros desde la semántica de la ambigüedad: igualdad, Migraciones o Derechos sociales o desde la semántica del absurdo, separando la ciencia de la Universidad, precisamente donde más investigación científica existe. Se enfrentan religiones con la semántica de la simplificación, ni todos los musulmanes creen lo mismo ni todos los cristianos son católicos, se engaña al personal con la semántica de la vulgarización, despachando conceptos como ricos, pobres, señoritos, terratenientes, carcas o extrema derecha ocultando que existe una extrema izquierda donde los nuevos ricos se lían a palos, literal o fiscalmente, con los pobres de siempre, o sea, las clases medias que sostienen el sistema, otra palabra, semánticamente evolucionada. Con tanta palabrería es fácil recalar en la semántica del ridículo y llamar encuentro fortuito a un paseo nocturno por las pistas de un aeropuerto y toparse con una persona que tenía prohibido pisar suelo europeo.