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disidencias

Unamuno

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
28/01/2020

Finalmente, la película de Amenábar fue la gran derrotada de los Goya. Mientras dure la guerra forma ya parte de la filmografía de un director genial con altibajos que, con la figura de Unamuno como protagonista, quiso llevar a las pantallas una historia más de la guerra civil, sin desdeñar, me imagino, la polémica que suscitaría y el momento elegido para su estreno, con Franco a punto de ser exhumado. La película es un ni fu ni fa donde sobresalen Karra Elejalde y Eduard Fernández y algunos momentos dramáticos de enorme intensidad, pero, más que nada, nos recuerda la imponente figura intelectual de don Miguel de Unamuno quien, más allá de esos meses trágicos de contradicciones y pérdidas, nos ha legado un pensamiento cargado de zozobras espirituales que intentaban definir a la persona como un ser con hambre y sed de eternidad, de infinitud, de perpetuarse. Leemos en Del sentimiento trágico de la vida que el hombre tiene «hambre de Dios», esa es su esencia y su tragedia, el ansia de más vida y la razón, escribirá en su Diario íntimo, es el origen del drama de la vida humana porque alimenta el nihilismo y porque su problema no es la posibilidad sino el deseo. Unamuno es contradictorio, sí, y por eso, coherente. Unamuno lee en danés a Kierkegaard (el mundo es un reino de niebla y la existencia un mundo de sueños, vendrá a coincidir con Niebla) porque, como él, ha identificado la angustia vital de un existencialismo abrupto y un no ser contra el que luchar, es decir, una vez más, la necesidad de prolongarse que habita en nuestro interior. No se puede reducir a Unamuno, aunque poderoso, a su magnífico discurso del Paraninfo, porque su obra es el espejo donde como individuos nos miramos a diario. Esa sensación de sentir que no deseamos que todo acabe y que nos hierve por dentro: «Algo grande se agita en mis entrañas,/ algo que es soberano,/ algo que vive/ con un vivir oscuro y abismático». Su bisnieta, una de las mejores docentes que ha pasado por mi vida, me enseñó historia del arte en COU y fueron las obras de su bisabuelo las que me mostraron que la coherencia es no estar de acuerdo ni con uno mismo y que no hay más razón que aferrarse a la vida con hambre de inmortalidad. Qué pena que Amenábar no se fijara en esto. O en aquello de que «nada me angustia hoy y aquí tanto como el espectáculo de la vulgaridad triunfante e insolente».