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Cruzando fronteras

La vida como debe ser

 

Cuando la primavera en España ya casi se borra, difuminada por la calima, en Maine aun no han brotado las hojas de los abedules. Las mañanas y las tardes son frescas, tanto que las chimeneas se encienden y las calles se despueblan. Las luces de los restaurantes donde los amigos se encuentran, iluminan, acogedoras la noche aun temprana y el haz de los faros, en el océano, desconcierta al forastero como a ciervos cegados por los inusuales focos de los coches. Los sábados hay mercado con los productos que venden los granjeros, que saludan, preguntando sobre la familia y la salud de los vecinos, todos conocidos. En los recodos de la carretera pescadores preparan sus aparejos y se acomodan para dejar pasar las horas junto a la orilla. Salvo el repiquetear de las colas de los castores para avisar de la presencia de un extraño en el lago, nada inmuta la placidez del paisaje, la imagen perfecta de la calma. Las casas blancas, de madera, en torno a la iglesia, no tienen cortinas, las ventanas dejan ver la vida transcurrir. Junto al fuego se cosen colchas con retales desechados, componiendo geometrías coloridas, y cálidas, buscando la belleza en lo útil, en la parsimonia de lo cotidiano. Y después, al llegar el verano, se atesoran entre papel seda, en baúles profundos, cerrando otro año más el ciclo. Entonces, como el viento que viene del sur, comienzan suaves los balancines a sonar en los porches, atrás y adelante, meciendo las historias que antes contaron otros, repetidas, convertidas ya en cuentos. Las mismas que escuchó, en 1804, con la constitución americana, apenas estrenada, Mary Ann Ballance, mientras bordaba en su bastidor pruebas de estilo para demostrar su pericia: números, letras, cenefas- y un extracto de los salmos que deseaba le guiaran cada día: 'Te ensalzaré Dios mío, bendeciré tu nombre siempre-.' Más de doscientos años después, en un anticuario, encontré esta costura y con ella el tacto de una vida sencilla, alejada de la nuestra, tan voraz y depredadora. Mary ann me hizo leer entre las líneas de su labor cómo las estaciones se suceden, pausadas, dejando señales en la piel, cómo, hasta el final de nuestros días, su ritmo natural nos acuna con un sosiego sabio, consciente, y que, por primera vez, tan lejos, percibí como necesario. Al salir, con mi compra empaquetada debidamente para el vuelo de vuelta, sonrío al ver que las matriculas llevan estampado, junto a la imagen de un pato silvestre, el eslogan del estado de Maine: 'La vida como debe ser'.