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cruzando fronteras

Votos cargados de futuro

 

Les importaría que hiciera una foto sujetando la papeleta?; es su primera vez. Él la miró condescendiente, sonriendo de medio lado al presidente de la mesa, con un aire de feliz indiferencia. Al enfocarlo una visión simultánea de espectador y de protagonismo. De ajeneidad y de pertenencia. Un remolino fugaz de imágenes y recuerdos y vértigo. Como cuando uno cae escaleras abajo y se ve a cámara lenta y a la vez rápido, rápido, precipitándose al propio encuentro. Su mano está rasgada por el que fue y el que será . Dibujado lleva el amor, sus balbuceos, las cicatrices, la alegría luminosa, las fiebres, el aprendizaje solo apenas iniciado, la primera novia, las decepciones, la rebeldía, la bondad, la arrogancia, el equilibrio, las ganas. Una línea larga, donde se anudan los sueños, plagaditos de quizás, quizás, surca la palma. Se acerca a la urna, como una redundante esperanza. La cruzan rayitas que marcaron sin saberlo sus padres y allí quedaron impresos los ojos almendrados, dulces, inteligentes y tenaces, el entusiasmo, la curiosidad y la sonrisa hospitalaria. Más abajo, sin demasiada dificultad, se puede leer también la huella de sus abuelos, como astillas se le clavaron su resistencia y disciplina, y la generosidad, la fuerza, la alegría de vivir, y sus deseos de inventar, de construir, de probar . Dentro, muy dentro, entre los pliegues de sus músculos, imperceptibles, quedan restos de la fatiga de sus antepasados, de los miedos de entonces, tan oscuros como la guerra. Viven allí y son él, uno solo, aquellos de los que no guardamos memoria, los que apenas aprendieron a leer, los que no estudiaron, ni salieron de sus pueblos, las mujeres listas como el hambre que murieron sin siquiera imaginar que sería eso de votar. Cohabitan sin señal aparente, solo desvelados en el crujir futuro de su articulaciones, en un gesto involuntario que otros conocieron, y en su entrecejo liso, su andar despreocupado lleva la semilla de sus hijos, y de los hijos de sus hijos. En los que reproducir su deseo voraz de aprender, a los que explicar la historia, forjada , construida, a golpe de sangre y sudor y sangre, para que todos podamos hablar y ser oídos. A los que acompañará a votar, recordando, quizá su fingida apatía. Brindando, como hace hoy su madre, mientras aprieta el botón de la cámara del móvil, por la «cándida adolescencia».

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