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UNA HISTORIA DE DIGNIDAD EN EL ATLETISMO

El blanco invisible del 'Black Power'

El australiano Peter Norman ha recibido a título póstumo los honores por su actitud en los JJOO de México-68

EL PERIÓDICO
05/05/2018

 

Peter Norman era el tercer hombre, el blanco casi invisble, que aparecía en una de las fotos más conocidas de la historia del deporte. Los Juegos Olímpicos de México de 1968 fueron los Juegos de los 8,90 metros de Bob Beamon en longitud, del descubrimiento del estilo Fosbury en salto de altura y de la primera vez en que un hombre (Jim Hines) bajaba de los 10 segundos en los 100 metros. Pero fueron, sobre todo, los de la explosión del 'Black Power' en el deporte. Lee Evans, campeón de 400, apareció en el podio con una boina negra. Pero unos días antes, el 9 de octubre, Tommie Smith (oro en 200 metros) y John Carlos (bronce) lo habían hecho en el de 200 luciendo un guante negro en una de sus manos, la mirada baja y una pegatina sobre el escudo del equipo de Estados Unidos que rezaba: 'Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos'.

Una pegatina contra el racismo en el deporte que también lució nuestro tercer hombre, nuestro blanco invisible, sobre la enseña australiana de su chándal. No estaba obligado, pero Norman se solidarizó con sus compañeros. Incluso fue él quien les sugirió que, al tener solo un par de guantes negros, se pusieran solo uno. Fue el del brazo que levantaron. "Peter no tenía que haber tomado esa insignia, no era estadounidense. Peter no era un hombre negro. Peter no tenía que haber sentido lo que sintió, pero fue un hombre", dijo años después John Carlos, agradecido.

Los dos atletas estadounidenses se vieron expulsados de los Juegos por el Comité Olímpico Internacional (COI) e invitados a abandonar México en 48 horas. Su acción tuvo consecuencias de por vida para ellos. Lo mismo sucedió con Norman, el atleta blanco invisible, pero digno, que se solidarizó con la reivindicación por la igualdad racial. 

Pero Norman nunca se arrepintió de haber sido el tercer hombre de aquella mítica fotografía. Ni siquiera cuando en la Universidad de San José (California) erigieron un monumento con los dos atletas de color en sus puestos del podio y el segundo escalón vacío, quizá para que los turistas se hicieran la foto de rigor ocupando ese puesto vacante. "Los protagonistas eran ellos", aseguró siempre el australiano, que vio nacer una amistad de por vida con Smith y Carlos. Antes de subir a ese legendario podio, los tres mantuvieron una corta conversación. Le preguntaron al australiano si creía en los derechos humanos y si creía en Dios. A ambas cosas contestó que sí. Y le avisaron de la acción que iban a llevar a cabo. "Lo que vamos a hacer en el podio es mucho más importante que cualquier tirunfo deportivo". Norman no se arrugó. "Esperaba ver miedo en los ojos de Peter, pero vi amor", aseguró Carlos.

Represalias para todos

Los problemas para los tres atletas empezaron enseguida. La mujer de Carlos se suicidó. Smith se divorció. Los estadounidense no pudieron volver a competir, tuvieron que trabajar de lo que fuera: lavando autos, cargando maletas en el puerto... Les dejaban amenazas anónimas, les escribían insultos en su casa.

Norman no lo pasó mejor. Australia era entonces una Sudáfrica del 'apartheid' en miniatura. Norman batió en México el récord australiano de 200 (20.06) que aún hoy, 50 años después, perdura. Pero pese a conseguir la mínima para Múnich-72, no lo llevaron. La soledad, el aislamiento, ser tratado como un paria, le llevo a la depresión, al alcohol y a los calmantes. Ni siquiera en los Juegos Olímpicos de Sídney 2000 fue convidado por su comité olímpico: los atletas estadounidenses le invitaron a quedarse con él. 

Cuando Norman falleció, en el 2006, Tommie Smith y John Carlos volaron inmediatamente a Melbourne para portar su féretro mientras sonaba la música de 'Carros de fuego'. Era un homenaje póstumo, pero necesario, hacia un hombre que sufrió toda su vida la reacción vil a un gesto digno. El Parlamento de Canberra no aprobó hasta el 2012 una moción de excusa por el tratamiento recibido por Norman "y la incapacidad de reconocer su papel de inspirador antes de su muerte prematura en el 2006". Y, solo el pasado sábado, el Comité Olímpico Australiano le otorgó la Orden del Mérito, la más alta distinción olímpica.

Mientras, en Melbourne, ha nacido un movimiento que pugna por construir también un monumento en memoria del velocista. En esa estatua, por fin, aparecería la figura del atleta que fue ninguneado por sus ideales.

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