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UNA AUTOBIOGRAFÍA ESPERADA

John le Carré se quita la máscara

El escritor, dueño y señor de la novela de espionaje, revela sus recuerdos en 'Volar en círculos'

 

El escritor británico John le Carré. - STEFANIA D'ALESSANDRO

ELENA HEVIA
09/09/2016

'Volar en círculos' (Planeta / Edicions 62), las esperadísimas memorias de John le Carré, se abren con un símil del que toma su título la versión original del título, ‘The pigeon tunnel’ (El túnel de las palomas). El libro se abre con el recuerdo del autor, a quien de adolescente su padre, un gran aficionado al juego entre otros vicios de altura, como el robo, el soborno o la extorsión, lo llevó al casino de Montecarlo. Junto a aquel edificio se apostaban en un prado los cazadores de tiro de pichón frente a unos túneles donde se introducían palomas vivas, nacidas allí mismo en el tejado del casino, que avanzaban aleteando hasta encontrarse con la luz del sol y, en la peor de las situaciones, con una bala. Las que se salvaban  –y ahí viene la moraleja- volvían al lugar donde habían nacido, al punto de salida de aquel túnel desde donde las volverían a arrojar. La imagen siniestra persiguió al autor toda su vida y en cierta manera funciona como una clave secreta de este libro en el que, a sus 84 años, sea o no buena su memoria, dosifica los datos con la misma habilidad con la que construye sus novelas. Todos volamos a ciegas, y si al final logramos volver a casa, eso no supone nuestra salvación. Pura trama de espionaje.

Las memorias aparecen meses después de la publicación de la pormenorizada biografía de Adam Sisman, en la que se le acusaba de haber actuado de confidente en la Universidad infiltrándose en grupos de extrema izquierda y se daban ya algunos datos sobre uno de los temas, junto con su actividad en el MI6, sobre la que el autor, ya bastante remiso a las entrevistas, se negaba en redondo a hablar: las actividades delictivas de su padre. Pues bien, ese episodio de la universidad brilla por su ausencia en estas memorias, en las que en principio parece jugar con lo que mejor sabe hacer, un hábil ejercicio de ocultamiento y distracción a base de relatar las historias de los demás. De su intimidad doméstica, apenas nada: "No he sido ni un padre ni un marido modélico, y tampoco me interesaba aparentarlo. El amor me llegó tarde, después de muchos pasos en falso".  Alguna elíptica evocación de alguna aventura amorosa en algún hotel sin apenas datos clarificadores. Todo muy contenido y británico. Y también algún atisbo de su cocina literaria: "Me encanta escribir sobre la marcha en libretas, mientras camino, en los trenes o en los cafés, y luego volver corriendo a casa para seleccionar lo mejor del botín […] Nunca he escrito de otra manera que no sea a mano".

Le Carré, que se llama en realidad David Cornwell (nadie ha sabido jamás de dónde salió el seudónimo y el autor tampoco lo revela aquí), sigue debiéndose a su viejo juramento 'for Queen and Country', respecto a los secretos que tuvo que manejar cuando fue reclutado en Eton por el Servicio de Inteligencia y no suelta prenda, más allá del rechazo a los antiguos funcionarios alemanes que, tras haber trabajado bajo el nazismo, fueron reincorporados en sus puestos en los años 50. Eran los tiempos en los que el escritor trabajaba en Alemania en el MI6 y por la noche escribía novelas a las que nadie prestaba atención, hasta que, ¡bingo!, 'El espía que surgió del frío' lo catapultó a los 32 años a una fama de la que ya no se apearía.

EL ESCRITOR QUE FUE ESPÍA


Más que jugar con los secretos que guarda, Le Carré prefiere ironizar y quitar hierro a la cuestión. "Yo no soy un espía que se hubiera vuelto escritor, sino un escritor que casualmente había sido espía", sentencia. Lo que le sirve para explicar uno los episodio más tronchantes del libro, aquel en el que evoca las miles de cartas que recibe al día de ingenuos aspirantes a espías o el interés del presidente italiano Francesco Cossiga, malentendido mediante, por arrancarle algún secreto de Estado.

Buena parte del libro se dedica a ensartar historias ajenas y ahí los lacerantes retratos de Margaret Thatcher, Rupert Murdoch o Yasir Arafat. Y una atención especial a los dos actores que protagonizaron sus ficciones más emblemáticas Richard Burton en 'El espía que surgió del frío' y Alec Guinness, protagonista de la serie de la BBC 'El topo', posiblemente el personaje más querido del libro.

Para el final se deja, tachán, la desveladura del gran misterio. Ronnie Cornwall, coleccionista de esposas, que se codeaba con los terribles hermanos Kray (los Al Capone de la Inglaterra de los años 50 y 60), a quien define como: "Embaucador, farsante ocasional, ocasional visitante de la cárcel y, además, mi padre". Junto a él tuvo que crearse una falsa infancia feliz, que lo convirtió en el "candidato ideal para los servicios secretos", hasta que llegado a la adolescencia, el joven que luego firmaría Le Carré decidió buscarse la vida por sí mismo, cumpliendo ese lema que siempre ha animado sus novelas, la del hombre que busca a tientas la moralidad en un mundo marcado por la inmoralidad. Revelada la figura paterna, “un estafador de la peor calaña”, Le Carré abre otra puerta: su madre, de la que jamás recordó un gesto de afecto y que lo abandonó cuando tenía cinco años. Ese es quizá el mayor misterio del libro.

Obras maestras perdidas


Le Carré se muestra bastante satisfecho de cómo el cine ha tratado sus ficciones especialmente con 'El espía que surgió del frío' o de la serie televisiva 'El Topo' (curiosamente no menciona la muy meritoria versión del 2011 con Gary Oldman) y reconoce el fiasco de 'La chica del tambor'. Pero también se duele de las oportunidades perdidas, esas películas que estuvieron a punto de rodarse y que, ¡ay!, nunca llegaremos a ver. Fritz Lang, parche en el ojo y gafas, al final de su carrera intentando disimular una incipiente ceguera, se entrevistó con él para adaptar en los 60 su 'Asesinato de calidad'. Ningún productor se atrevió a darle una oportunidad.

Sidney Pollack se había encaprichado de 'Una pequeña ciudad de Alemania' en 1968 y veinte años después de 'El infiltrado', con guion del ascendente guionista Robert Towne. Ninguno de los dos proyectos llegaron a puerto. Como la idea de Francis Ford Coppola de adaptar 'Nuestro juego' con Harrison Ford. O la hipótesis más espectacular: Stanley Kubrick intentando hacer una serie de televisión de 'Un espía perfecto', idea que a la BBC le pareció  arriesgadísima, dado el talante derrochador del realizador. Tampoco acabó de cuajar el proyecto del escritor de convertirse en guionista del director de '2001' con una versión del 'Relato soñado' de Arthur Schnitzler; por lo menos para Le Carré, Kubrick acabó trasladando el relato a Nueva York y llamando al resultado 'Eyes wide shut'.