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70 EDICIÓN

Un Salinger de saldo abre la Berlinale

Sigourney Weaver interpreta a la agente literaria del legendario escritor en la rutinaria película del canadiense Philippe Falardeau 'Un año con Salinger'

 

Sigourney Weaver, tras la presentación de ’Mi año con Salinger’ en Berlín - EFE / EPA / RONALD WITTEK

NANDO SALVÀ
20/02/2020

La presencia de 'Mi año con Salinger' en la primera jornada de la Berlinale invita al equívoco. Que esa haya sido la película elegida por los responsables del certamen para inaugurar una edición en la que casi todos los platos fuertes son autores de línea dura puede llevar a algún despistado a dar por hecho que se trata de una obra pensada para la cinefilia, cuando su público natural -en realidad, el único que la entenderá- es el menos exigente y discriminatorio.

Curiosamente, de 'Mi año con Salinger' también es apropiado decir que puede llevar a confusión, aunque en su caso es más que probable que no se trate de algo deliberado o, al menos, no del todo. En primer lugar, no es una película sobre el legendario J.D. Salinger, autor de la no menos legendaria novela 'El guardián entre el centeno'; en realidad se trata de una adaptación del libro homónimo de memorias de Joanna Rakoff, que en 1996 trabajó como secretaria para la agente literaria del escritor, Dorothy Olding -de quien Sigourney Weaver encarna una versión ficcionada a la que dota de una mezcla perfecta de dureza y ternura-, y que pasó buena parte de su tiempo en el puesto leyendo las cartas de los fans, contestándolas y triturándolas sin que ninguna de ellas llegara a su destinatario.

Asimismo, la película tampoco es una reflexión sobre el efecto que las páginas de 'El guardián entre el centeno' tuvieron entre sus increíblemente devotos lectores, a pesar de que hoy el director canadiense Philippe Falardeau haya repetido varias veces ante la prensa que eso es justo lo que es y que, ciertamente, se trate del tema que más ostentosamente se esboza a lo largo de su metraje sin llegar a explorarse; otros son el ambiente literario neoyorquino, el precio de la fama, el dolor de la pérdida, las relaciones de pareja y lo arrogantes, envidiosos, maniáticos y egoístas que los artistas pueden llegar a ser.

PELÍCULA DE JIA ZHANGKE

En última instancia, lo que 'Mi año con Salinger' demuestra ser de forma más convincente es la historia de una joven que, en parte por los consejos que recibe de uno de los escritores más misteriosos y celebrados de la historia -y en parte porque su novio es un cretino, su exnovio toca el clarinete y transcribir grabaciones de audio es un trabajo muy pesado- decide perseguir su sueño antes de que sea demasiado tarde. Dicho de otro modo, ofrece el tipo de relato de iniciación y aprendizaje que el exceso de uso ha convertido en fórmula. Y lo hace de una forma que resulta inequívocamente convencional y rutinaria a pesar de que, en un intento de disimular esa falta de intrepidez, Falardeau adorne las escenas con rupturas de la cuarta pared, fragmentos epistolares sobreimpresos en pantalla, escenas oníricas de baile y otras varias virguerías estilísticas que aportan afectación y sensiblería pero no dotan la película de una personalidad formal coherente.

¿Significa todo lo dicho que la Berlinale se ha equivocado al escoger la película inaugural de su 70 edición? No necesariamente. Sin ir más lejos, habría tenido menos sentido otorgar ese privilegio a 'Swimming out till the sea turns blue', una obra infinitamente superior que, sin embargo, no tiene a Sigourney Weaver en su reparto ni ningún aliciente para la alfombra roja. También presentada hoy, supone una nueva incursión de Jia Zhangke en el terreno documental; en ella, el maestro chino viaja a su localidad natal, Fenyang, para entrevistar a varios literatos surgidos de ella, y meditar a través de ellos sobre cómo la memoria y la tradición se las arreglan para resistir frente al empuje de los procesos modernizadores.