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LA CULTURA QUE NOS VIENE

Vieja normalidad y nuevas normas

 

Una escena de Ricardo III, que se representa este domingo (22.00 horas) en el Gran Teatro de Cáceres. - TEATRO KAMIKAZE

Olga Ayuso
18/09/2020

Uno lee a Shakespeare y se enamora de Tamora y recuerda a Denis Rafter diciéndole, diciéndome, que trató mucho mejor a los personajes femeninos, que Ofelia era más completa que Hamlet.

Le vimos un Hamlet a Israel Elejalde. Le hemos visto muchos más personajes, a Elejalde. Nos fuimos a Madrid a verle en Ensayo, de Pascal Rambert. Nos gusta hablar con él de teatro, casi tanto como amamos hablar de teatro con Miguel del Arco, que en aquel Hamlet metió frases de muchas de las obras de Shakespeare porque, en fin, quién sino él puede tener el mismo halo de misterio homérico y puede ser tan inagotable como la mismísima Odisea.

Los que leemos sabemos que le debemos mucho en nuestra construcción personal. No solo al bardo. A Cervantes, por ejemplo. Qué clase de concepto de amistad tendríamos en España si no se hubiera escrito El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Llevamos años oyendo hablar de la sanchificación de don Alonso y de la quijotización de Sancho, que no es más, al fin, que la normal y corriente influencia en los caracteres de dos personas que pasan mucho tiempo juntas y se admiran, se respetan, se quieren.
«Don Quijote somos todos», dice Teatro del Temple. Hablan de la España vacía, de un pueblo de La Mancha de cuyo nombre ni se acuerdan ni quieren, de no irse del lugar del que se es. La pueden ver en el Gran Teatro de Cáceres, esta noche, a las diez y media. Todos a una, en clave de comedia, se enfrentan a ese gigante que es no tener recursos o tener otros recursos (en los pueblos hay una tribu que difícilmente se construye en las ciudades). Reivindican su historia literaria y su pasado.

Lleven mascarilla, mantengan las distancias de seguridad, no respiren encima de la gente y disfruten.

Vayan al teatro, digo siempre. Con pandemia o sin ella.

Con un virus nuevo, el único modo de no correr riesgos es estar sano y encerrarse en casa. Eso ya lo sabemos. Como periodista, siempre me planteo: «¿es lícito, es responsable, recomendar a la gente ir al teatro, cuando hay una pandemia y el peligro está ahí fuera?» También pienso: «¿es lícito, es responsable, recomendar a la gente no ir al teatro ni a un concierto y quedarse encerrados en casa sin ver a nadie? ¿qué hacemos con los infiernos domésticos? ¿qué hacemos con la salud mental? De la falta de salud mental también morimos·.

Podríamos hablar del dinero y los ERTE y las alertas rojas que ayer lanzaron a músicos y técnicos a la calle porque ya no pueden más. Diego Barriga contaba que las últimas previsiones eran que iba a sobrevivir una sala de cada cinco. Y eso es alarmante. La solidaridad familiar es buena, si se tiene familia de la que tirar, pero no es suficiente, nunca es suficiente: son muchos meses sin trabajar y sin ingresos.

La ansiedad y la taquicardia y la depresión que crean la pobreza también son mala salud.
Va a llover, este año llueve a todas horas y el Festival de Teatro Clásico de Cáceres se traslada al Gran Teatro y, en Castuera, el Festival de Música Sacra y Antigua, este sábado, se mueve al Museo del Turrón (me pregunté internamente el otro día cómo estarían trabajando los turroneros para esta Navidad rara, porque va a ser rara, como todo este año raro).

A las ocho y media de la tarde mañana sábado, el clavecinista pacense Álvaro Mota y el violonchelista barroco Manuel de Moya. Ambos músicos interpretarán un programa titulado Trazos musicales en la España borbónica, que incluye obras de Pablo Vidal, Francesco Supriani, Luigi Bocherini, Antonio Soler y Mateo Soler.

Siempre he dicho, desde que llevo escribiendo en estas páginas, que dedicarse a la cultura es moverse entre molinos de viento, es luchar contra molinos de viento, es resistir. Hace poco abría de nuevo la Nave del Duende y nos alegrábamos. Comenzaba la Feria del Libro de Badajoz, por la que pasarán este fin de semana muchos autores. Y hay más en las novelas, cómics, poemarios, teatro y ensayo de las casetas.

Una ciudad se construye con muchos parámetros: las salas de conciertos, los parques infantiles, locales a donde puedan ir los adolescentes (ya no quedan, o quedan pocos, salvo los Espacios para la Creación Joven, durante el día), sitios donde correr o donde avistar las aves, lugares donde reunirse y protestar. Ayer eran los músicos, anteayer el mundo del circo.

Qué vamos a hacer con el sufrimiento que vendrá, se preguntaban los psicólogos españoles en un manifiesto que han acabado firmando psicólogos del otro lado del charco. Hay que crear condiciones materiales, decían. Condiciones materiales para que la cultura sea segura, aunque no podamos saltar ni brincar en los conciertos, aunque veamos Ricardo III muy separados unos de otros, aunque haya itinerarios marcados hasta para ver las casetas de la feria del libro, con vigilantes de seguridad incluidos.

Si queremos mantener ciertas parcelas de la vieja normalidad, hemos de acatar nuevas normas. Yo he comenzado por eliminar del Facebook a todo aquel que escribe en contra de las recomendaciones sanitarias y de las mascarillas.

Porque por algo se empieza.