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De dar risa a dar miedo

Hijo del PP vasco bajo la amenaza de ETA, el líder de Vox encarna la incorrección política

MIRIAM RUIZ CASTRO
28/04/2019

 

Escribió sus memorias a los 38 años y las tituló 'Yo no me rindo'. Santiago Abascal (Bilbao, 1976) contó en sus páginas cómo puso fin a casi dos décadas de militancia en el PP con una carta que envió a Mariano Rajoy el mismo día que la hizo publicar en un periódico nacional. Abascal renunciaba a la fuente de la que había bebido desde los 18 años. Eran tiempos de lucha fraticida en el PP, y la victoria del marianismo le dejaba fuera de la foto, a la derecha del encuadre. El político vasco montó una escisión: hace ya cinco años nació Vox, una formación folclórica e instalada en la irrelevancia, que no causaba más que risa entre sus rivales. Abascal ni siquiera era el líder. Dicen quienes lo conocían entonces que no tenía suficiente carisma. Pero lo que le faltaba de talento político lo tenía de paciencia. Entre el 2006 y el 2014, los años que estuvo al frente de la Fundación para la Defensa de la Nación Española, de la que fue promotor, llamaba una y otra vez a los medios de comunciación más conservadores pidiendo que le hicieran entrevistas.

Abascal creció en Amurrio, un pueblo de Álava de apenas 10.000 habitantes, del que su abuelo fue alcalde durante la dictadura, nombrado por el gobernador civil "bajo amenaza de llevarlo al calabozo", como insiste en matizar. Creció en una estirpe de políticos, todos vinculados a la derecha, lo que situó a la familia en el punto de mira de ETA. "Voy siempre armado con una Smith&Wesson. Al principio para proteger a mi padre de ETA; ahora, a mis hijos", dijo en una entrevista. El terrorismo marcó el perfil político de Abascal, que con solo 23 años estrenó su primer cargo público como concejal en Llodio, un ayuntamiento gobernado por la izquierda aberzale cuando el PP no encontraba gente dispuesta a llenar sus listas. Y resistió. Un líder radical que se crió entre "radicales". Tras encadenar los cargos de concejal, juntero y diputado autonómico, encontró refugio en Madrid de la mano de Esperanza Aguirre, que lo situó en dos organismos públicos con salario elevado y escasa actividad. Hasta que en el 2013 abandonó el que siempre había sido su partido.

En el 2015, su mitin más multitudinario era ante un puñado de curiosos arremolinados en torno a un banco para escucharlo megáfono en mano. Pero Abascal estaba convencido de que su discurso irreverente forjado contra las "hordas separatistas" acabaría teniendo cabida. Iván Espinosa de los Monteros, su mano más a la derecha, definió con precisión la esencia de su "carisma". "Creyó en los 100 escaños cuando nadie nos votaba y todos se reían", dijo de él.

LA ESPAÑA CAÑÍ

Ahora, a las puertas del Congreso, Abascal se lanza a la conquista del electorado de esa "derechita cobarde" de la que vivió durante años y de la "veleta naranja" con la que compartió actos contra los independentistas, y ha encontrado hueco dibujando una "anti-España" de "feminazis", "progres" y "separatistas". Entre los 47.182 votos del 2016 y su baño de masas en Vistalegre han pasado solo dos años, pero ha sabido convertir aquel desprecio de las élites en una forma de conectar con su electorado, de erigirse en el líder de lo políticamente incorrecto, de los sentimientos más oscuros e impronunciables de parte de la España cañí.

Y la incorrección es tal que luce incluso en su mensaje: defiende la familia por tradición y está divorciado, critica los "chiringuitos" y cobró de ellos más de 80.000 euros al año, canaliza parte del voto de castigo contra la política pese a que no ha conocido otro oficio. Lo dijo en el 2017 en una entrevista: "Todavía no nos toman en serio y ya dejaremos de dar risa para dar miedo a unos y ser vistos como la salvación por otros".

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