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El espejo portugués de Pedro Sánchez

El éxito del socialista António Costa es un ejemplo de cómo un Gobierno frágil puede sobreponerse a las adversidades

ALBERT GARRIDO
03/06/2018

 

El éxito del socialista António Costa, primer ministro de Portugal, es una buena referencia para comprobar hasta qué punto la predisposición al pacto puede rendir frutos en una situación manifiestamente adversa. Costa en 2015, lo mismo que Pedro Sánchez en 2016, quedó segundo en las elecciones legislativas, por detrás del conservador Pedro Passos Coelho, primer ministro saliente, pero el engarce de alianzas con el Bloque de Izquierda y la Coalición Democrática Unitaria (CDU), la marca electoral de los comunistas, le permitió concretar una mayoría en el Parlamento que entonces se estimó de vida breve.

Tres fueron las razones que alimentaron los peores vaticinios: el coste social del rescate de Portugal (un préstamo de 78.000 millones de euros), la naturaleza entre euroescéptica y eurófoba del Bloque y la CDU y la presión de la calle, sometida a un programa de austeridad y con una tasa de paro que alcanzó el 18%. Puede decirse, además, que la distancia emocional entre los socialistas, apenas recuperados del episodio de corrupción que salpicó al exprimer ministro José Sócrates (noviembre de 2014), y sus aliados en el Parlamento era bastante mayor que la que se da hoy entre el PSOE y Podemos.

El articulista Jorge Almeida Santos del diario lisboeta 'Público', progresista, recordaba ayer una afirmación del profesor Daniel Innerarity al analizar la situación en España: “Los partidos están condenados a cerrar acuerdos so pena de irrelevancia. Ser fiel a los principios es una conducta admirable, pero defenderlos sin flexibilidad es condenarse al marasmo”. A llegar a acuerdos se aplicó António Costa, exigido a un tiempo por la derecha descabalgada del poder y por la izquierda radical, defensora de un programa social sin espera posible.

Correosos socios
Mário Centeno, ministro de Economía, un socialdemócrata templado, fue el responsable de dar solución a la presunta cuadratura del círculo: atenerse a los requisitos impuestos por la troika en el momento del rescate –austeridad, recorte del gasto, saneamiento del sector bancario, etcétera– y, al mismo tiempo, parchear la crisis social. Sobrevolado todo por una deuda equivalente al 130% del PIB (unos 400.000 millones) y una prima de riesgo instalada alrededor de los 250 puntos.

Catarina Martins, del Bloque, y Jerónimo de Sousa, de la CDU, resultaron ser dos socios correosos y exigentes, pero también realista. A cambio de renunciar a un programa maximalista de izquierdas, heredero de la tradición comunista portuguesa, aceptaron otro de medidas concretas y viables: recuperación del salario de los funcionarios, subida de las pensiones, restitución de beneficios perdidos por la clase media y bajada de los impuestos, todo lo cual obligó a una contención rigurosa del gasto en aquellas partidas consideradas no esenciales.

La desconfianza de las autoridades europeas cedió a medida que las cifras macroeconómicas se adecuaban a sus exigencias y el fantasma de la inestabilidad se esfumaba. En declaraciones a 'Diário de Notícias', conservador, António Costa insistió en que “uno de los mayores dramas de las democracias puede ser el de la polarización”, tanto entre conservadores y progresistas como dentro de la izquierda misma.

Así, mientras la derecha denostaba su programa, anuló la privatización de la TAP, la línea aérea portuguesa de bandera, y la de las redes de transporte público de Lisboa y Oporto, pero al mismo tiempo redujo el déficit fiscal hasta el 2% –Portugal salió del procedimiento de control de déficit excesivo de la UE–, el paro descendió hasta el 8,5% y saneó el sistema bancario mediante la venta de dos bancos y la recapitalización de la Caixa Geral de Depósitos, de titularidad pública.

Suma de complicidades
Todo fue posible, según un editorialista, gracias a la suma de complicidades y a la capacidad del tándem Costa-Centeno de no alarmar a los mercados. Al relajarse las tensiones sociales con la recuperación económica, las voces más radicales bajaron el volumen y la elección en 2016 de Marcelo Rebelo de Sousa, un conservador con gancho, moderó el disgusto de la derecha de noviembre del 2015, que se sintió burlada con la alianza para gobernar articulada por los socialistas.

Por lo demás, los resultados desautorizan a los agoreros: la prima de riesgo, que en enero del 2012 llegó a superar los 1.100 puntos, cerró el viernes en 146 (muchos días de abril y mayo estuvo por debajo de los 110); las agencias de calificación han dejado de considerar bonos basura los títulos de deuda portugueses.

“Estimamos que la lucha de clases continúa siendo la gran cuestión de nuestra época”, sigue proclamando Jerónimo de Sousa, pero eso no le impide mantener el acuerdo con António Costa, de opiniones más contenidas: “El desafío que nos impusimos desde el principio fue compatibilizar y demostrar que era posible pasar página de la austeridad y, al mismo tiempo, tener mejores resultados en la consolidación presupuestaria”. Y Catarina Martins suaviza a menudo sus opiniones del 2015, aquellas que la llevaron a decir que el PS era la desilusión de las elecciones. En suma, no se esperan turbulencias hasta el 2019, año electoral.

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