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EN JAPÓN

Una lenta evolución

Akihito se ha esforzado en acercarse al pueblo sin reventar las costuras de la institución

 

Una pantalla muestra al emperador Akihito durante su discurso. - AP / Koji Sasahara

ADRIÁN FONCILLAS
08/08/2016

Muchos japoneses se arrodillaron cuando Hirohito se dirigió a ellos por radio después de la derrota en la segunda guerra mundial: era la primera vez que escuchaban la voz de su emperador. El mensaje a la nación emitido por su hijo, Akihito, solo encuentra el precedente en sus ánimos tras el tsunami de 2011. Cuesta empujar hacia la modernidad a las mohosas estructuras en la monarquía hereditaria más longeva del mundo y la única de un país desarrollado que conserva la figura del emperador.

La leyenda sitúa a Akihito en el puesto 125 de una genealogía que se remonta a 2.600 años atrás con el emperador Jimmu, presunto descendiente de la reina del Sol. Los historiadores confieren un carácter mítico a los 25 primeros y sitúan el inicio más probable de la línea en el año 500 después de Cristo. Los emperadores siguen arraigados en la religión sintoísta, conservan rituales como plantar arroz en un campo dentro del palacio y definen el calendario: su reinado está asociado a una era, de forma que 2016 es el año 28 de Akihito y la cuenta se reseteará cuando deje el trono del Crisantemo.

Su renuncia adelantada supondría el cambio más radical en la institución desde que Estados Unidos jubiló el carácter divino del emperador. La Constitución de 1947 le define como “el símbolo del Estado y de la unidad del pueblo” y le niega poderes políticos. La derrota japonesa finiquitó décadas de enfermiza propaganda que habían facilitado la adscripción ciega a suicidas aventuras bélicas y le devolvió el estatus simbólico de la época de los shogun. Su medido mensaje de este lunes se entiende por sus escrúpulos por no interferir en la política nacional: sugiere su jubilación sin exigirla porque requeriría de una reforma legislativa.

EL FINAL DE LA GUERRA FRÍA


Akihito alcanzó el trono tras la muerte de su padre en 1989 en un contexto de cambio. Coincidía el final de la guerra fría con los estertores del milagro tecnológico que había llevado a un país devastado por la guerra a la segunda economía global. El emperador se ha esforzado en acercarse al pueblo sin reventar las costuras de la institución. Incluso ha pedido ser incinerado para evitarle al país un oneroso funeral.

Fue el primero en desposar a una plebeya, Michiko Shoda, hija de un rico empresario a la que conoció en una pista de tenis. Su ejemplo fue seguido por su hijo Naruhito. El heredero desposó a Masako Owada, una diplomática con estudios en Oxford y Cambridge, después de conocerla en una competición de tenis. La pulsión cosmopolita rompe con el enclaustramiento tradicional. Ningún emperador había pisado el exterior hasta Hirohito.

En la febril agenda de Akihito se aprietan ceremonias varias, recepciones a mandatarios extranjeros y visitas a las víctimas de desastres naturales. El emperador apadrinó los Juegos Paralímpicos de 1964 cuando los discapacitados sufrían aún el estigma social y ha dedicado ímprobos esfuerzos durante décadas a los más desfavorecidos.

SIMPATÍAS DENTRO Y FUERA


Akihito recibe las simpatías no solo de dentro sino de fuera de su país. En 1992 se convirtió en el primer emperador japonés en visitar China, principal víctima de las atrocidades del imperialismo. También en Filipinas ha rezado por las almas de todas las víctimas de la guerra, y no sólo las japonesas. Akihito es visto en el continente como un contrapeso al militarismo del primer ministro, Shinzo Abe, y a abyectos mensajes relativistas cuando no abiertamente negacionistas sobre legado imperialista japonés del pasado siglo.

De Naruhito se espera que persevere en la lenta evolución de la institución. En 2004 culpó a las férreas estructuras por haber cercenado el desarrollo personal y profesional de Masakohasta hundirla en una depresión crónica. La tradición niega a los miembros de la familia real el derecho a tener apellidos, fortunas personales, opiniones políticas y, según los sectores más tradicionalistas, vidas personales.