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Pablo Casado, vuelta a las esencias del PP

El ganador de las primarias se opone a la eutanasia, la exhumación de Franco y al acercamiento de presos etarras

IOLANDA MÁRMOL
21/07/2018

 

No hay acto relevante en Madrid al que Pablo Casado no haya asistido en el último año, promocionando su perfil aún cuando el PP le hacía el feo de seguir buscando un gran fichaje para conquistar el Ayuntamiento de Madrid a Manuela Carmena. Y no hay día de martirio en el partido conservador en el que se haya negado a defender sus siglas en los platós de televisión a los que nadie quería ir. Hoy se cobra ese camino de servidumbre, tras superar a la exvicepresidenta, Soraya Sáenz de Santamaría. No niega que el juego de la dirección del partido tratándole como candidato-peón para el consistorio de la capital y la Comunidad espoleó su decisión de presentarse, que tomó junto a su esposa.

 

 

No hay como una disputa interna para reivindicar las esencias. Casado (Palencia, 1981) apela a regular los valores conservadores, lo que le ha valido el calificativo de candidato de extrema derecha. Está por ver si mantendrá esa radicalidad ideológica como presidenciable a la Moncloa, un paso que dejaría el centro electoral y la mayor parte de los jóvenes liberales al calor de Ciudadanos. Es la paradoja de todos los procesos internos: la necesidad de repliegue identitario para conquistar a los propios, y una vez conseguido el poder orgánico, la obligación de abrirse hacia una ciudadanía más diversa para sumar votos. En definitiva,  Santamaría ha hablado a los electores. Casado, a los militantes del PP. 

 

El nuevo presidente popular dice asumir los postulados de Friedrich Hayek en ‘Camino de servidumbre’, una crítica al intervencionismo del Estado y defensa de la libertad individual. La visión de Casado es sin embargo distinta a la del Nobel austríaco. El popular ha apostado en campaña por una ideología de derecha católica, sí, en sintonía con el liberalismo económico, pero que regula el orden moral. Casado no quiere la ley de eutanasia que prepara Pedro Sánchez. Ni quiere tampoco la exhumación de Franco, a pesar de ser nieto de represaliado por la dictadura. Ni el acercamiento de los presos etarras. 

 

Es en ese terreno, en el ideológico, en el que más se ha hecho visible la brecha con Santamaría. Ella se casó en una ceremonia civil, en Brasil. Promete cargos, no los jura. Casado contrajo matrimonio católico y dice que defiende a la “España que madruga”, en una épica de la ética del trabajo cuanto menos nostálgica.

 

Decidió afiliarse al PP por el impacto del asesinato de Miguel Ángel Blanco y los atentados del 11-M y estuvo al frente de Nuevas Generaciones. José María Aznar y Esperanza Aguirre le auparon y le mimaron años después. Estuvo al lado del expresidente en las FAES. Su cintura política, su don de gentes y su telegenia ayudaron a que Rajoy le nombrase vicesecretario de Comunicación, en un intento de renovar a un PP erosionado por la corrupción. Se preparó a fondo para ello. Ha respondido en las ruedas de prensa más complicadas. Ha atendido siempre a la prensa con una sonrisa. Es un perfil amable y joven que defiende vuelta a los valores morales del conservadurismo.

 

Sorprendió su paso adelante casi de inmediato tras que el gran esperado, Alberto Núñez-Feijoo, no se presentase a candidato. Máxime con la polémica desatada por su máster justo después del de Cristina Cifuentes. Casado siempre ha defendido su honorabilidad y la legalidad en todos los trámites.

Su segundo puesto en la votación de los militantes, tras Santamaría, volvió a sorprender. La complicidad con María Dolores de Cospedal y de los exministros Juan Ignacio Zoido, Isabel Tejerina y Rafael Catalá para la segunda vuelta le ha permitido conquistar una plaza que, hace dos meses, ni siquiera estaba en juego.

Por delante, ahora, tiene dirigir una estrategia para arrebatar la presidencia del Gobierno a Sánchez y frenar el ascenso de Ciudadanos. En lo inmediato, debe decidir si mantiene la línea dura a la derecha o, conquistado el liderazgo de Génova, suaviza el discurso ultra. Si no lo hace, la polarización puede acabar favoreciendo a un Sánchez a quien un candidato duro enfrente convertiría en icono de la nueva sociedad, la del cambio, frente a los valores caducos del siglo pasado.

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