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Análisis

Viva el Rey y viva Azaña

Rafael Jorbá
08/01/2020

 

Pedro Sánchez fue investido ayer en segunda votación, presidente del Gobierno. Encabezará el primer Gabinete de coalición desde la Segunda República. El resultado se quedó a nueve diputados de la mayoría absoluta. El nuevo Gobierno gozará de una legitimidad política plena, pero también de una notable fragilidad parlamentaria. El primer test para poder durar y gobernar serán los Presupuestos.

El agrio debate augura una legislatura convulsa. Se puede criticar las alianzas de Sánchez, pero no se puede calificar a su gobierno de «ilegítimo», como hicieron de forma explícita Santiago Abascal o de manera implícita Pablo Casado e Inés Arrimadas. Su patrimonialización de la figura del Rey, que arbitra y modera, prestó un mal servicio a la Corona. «Si quieren ustedes defender a la Monarquía, eviten que la Monarquía se identifique con ustedes», alertó Pablo Iglesias.

Más explícito fue Aitor Esteban, portavoz del PNV, que recordó que si se votaba la candidatura de Sánchez era porque el Rey la había propuesto tras la ronda de consultas. A su juicio, las derechas buscaban confrontar la jefatura del Estado con la del Gobierno: «El Rey, salvador de España, que estaría con ustedes y con lo que representan, frente al jefe del Gobierno, un gobierno ilegítimo, que conspira contra las bases del Estado».

El uso del patriotismo

Sánchez, al final de su discurso, evocó una sentencia de Manuel Azaña: «Nadie tiene derecho de monopolizar el patriotismo». Acto seguido, en su réplica, Casado reivindicó la figura de Felipe VI y sus palabras fueron acogidas por la bancada popular con vivas al Rey. También Abascal cerró su intervención con un «viva el Rey y viva España». La Monarquía parlamentaria, sin embargo, hace compatible poder exclamar viva el Rey y viva Azaña. A la historia me remito.

La cita de Sánchez forma parte del discurso en defensa del Estatut que Azaña pronunció el 27 de mayo de 1932: «Delante de un problema político, grave o no grave, pueden ofrecerse dos o más soluciones, y el patriotismo podrá impulsar y acuciar y poner en tensión nuestra capacidad para saber cuál es la solución más acertada […] Quiere esto decir, señores diputados, que nadie tiene el derecho de monopolizar el patriotismo, y que nadie tiene el derecho, en una polémica, de decir que su solución es mejor porque es la más patriótica; se necesita que, además de patriótica, sea acertada».

El tiempo dirá si la solución propuesta por Sánchez es acertada. Mientras tanto, es justo recordar que fue el presidente Azaña el primero en reivindicar la reconciliación que encarnó la Constitución de 1978: «Cuando la antorcha pase a otras manos, a otras generaciones, [...] si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio, que piensen en los muertos y escuchen su lección: ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían […] el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón». Su discurso, pronunciado en Barcelona el 18 de junio de 1938, debería ser el antídoto a la dialéctica guerracivilista.

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