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«Viví un atentado terrorista y eso nunca se olvida»

«Es importante que los alumnos conozcan nuestra historia para que no se repita y rechacen la violencia». Víctimas extremeñas de ETA y el terrorismo islamista cuentan su experiencia en 36 institutos de la región

 

La profesora Valen Corrales relata la experiencia de su padre, víctima de ETA. - FRANCIS VILLEGAS

Daniel Muñoz durante su charla en el colegio Sagrado Corazón de Miajadas. - FRANCIS VILLEGAS

Guadalupe Moral
17/03/2019

Fue el 28 de junio del 2001. Eran las 8.30 de la mañana. Daniel Muñoz paró su coche en un semáforo en rojo de la calle López de Hoyos de Madrid. Se dirigía a la universidad a hacer el último examen del curso con la inquietud propia pero también con la ilusión de que quedaban pocas horas para comenzar las vacaciones de verano. Llevaba la maleta lista para venirse después directo a Valdivia. Pero aquel día no llegó al examen ni tampoco al pueblo. Su vida cambió en los pocos segundos que se detuvo frente a aquel semáforo en rojo. «De pronto sonó un estruendo, el coche se levantó del suelo, la gente empezó a chillar y las alarmas comenzaron a sonar. Me agarré fuerte al volante y cuando abrí los ojos vi que todos los cristales estaban reventados, aquello era un caos». A su lado viajaba su novia Sandra Hidalgo, que también estudiaba Derecho en la Autónoma de Madrid. «La miré, tenía sangre en un ojo y me dijo: vámonos de aquí». Pero la puerta del copiloto no podía abrirse. «Un señor la sacó en brazos por mi lado, en esos momentos no sabes qué hacer, estás aturdido, sientes el corazón palpitar en los oídos, un pitido continuo y las alarmas de los edificios que están a tu lado parecen sonar a varios kilómetros».

Todavía no lo sabían, pero fueron dos de los 20 heridos en el atentado de ETA que acabó con la vida del general Justo Oreja a las puertas de su propia casa, junto al semáforo donde esperaban Daniel y Sandra. El militar objetivo de los terroristas murió un mes después de que explotara una bicicleta bomba con cuatro kilos dinamita. «Nosotros nos salvamos porque solo eran 4 kilos y no los 20 que solía utilizar la banda, tuvimos mucha suerte», cuenta Daniel. Él sufrió heridas y cortes de poca gravedad y ella perdió audición, necesitó tratamiento de choque y la esquirla de metralla que tenía clavada en el párpado le produjo un derrame que aún dura pero no afectó a la visión. Las heridas psicológicas tardan mucho más en curar. «Costó volver a Madrid y aparcamos la carrera un tiempo. No se olvida, la vida nos cambió pero tuvimos la oportunidad de seguir con ella».

SILENCIO / Aquel caos que Daniel y Sandra –ahora casados, convertidos en policía nacional y abogada, padres de dos niñas y residentes en Valdivia– vivieron el 28 de junio contrasta con la calma y el silencio de quienes escuchaban su relato el pasado miércoles en el IES San José de Villanueva de la Serena a primera hora de la mañana y en el colegio Sagrado Corazón de Miajadas después. Estos centros son dos de los 36 institutos de Extremadura que están participando en un programa pionero del Ministerio del Interior que, en colaboración con la Junta, permite acercar los testimonios de las víctimas de terrorismo a los estudiantes de 4º de la ESO. Daniel es uno de los trece extremeños supervivientes de distintos atentados que participan en esta iniciativa para la que han recibido una formación específica. También se hace en Madrid, La Rioja y Castilla y León.

«Quiero que los jóvenes sepan lo que ocurrió en España, que no se olvide y que la sociedad no vuelva a caer en lo mismo, que no vuelvan a cometerse hechos así. Que las ideas se defienden dialogando y respetando la vida de los de demás, no con bombas y metralletas», argumenta Daniel. «Me alegra que mis hijas no tengan ni idea de lo que es ETA pero también me da miedo que por el hecho de no haber vivido aquella época se olvide y se cometan los mismos errores. Porque no es difícil repetir la historia: se empieza con insultos, amenazas, tirando piedras a las ventanas y se acaba cogiendo una pistola».

Que testimonios como este lleguen a los institutos es una forma de aprendizaje que cala rápido en los estudiantes. «Siempre que podemos solemos hacer este tipo de iniciativas porque es muy impactante conocer de primera mano una parte de la historia de este país», apunta Antonio Vicente Girón, el orientador del Sagrado Corazón de Miajadas donde, casualidades de la vida, cuentan con otro testimonio directo. El de Valen Corrales, profesora de Inglés, que vivió durante 20 años en el País Vasco. Su padre era guardia marina en el puerto de Pasajes (Guipúzcoa) y una noche de 1985 sufrió un atentado de ETA. «Era una calle sin salida, mi padre y su compañero iban en el coche a vigilar una pescadería y les dispararon con una metralleta. Mi padre se tiró al suelo y se salvó, pero mataron a su compañero. Eso nunca se olvida, ni el atentado ni cómo era la vida allí en esa época: aislamiento, rechazo, repudio, miedo... Yo tenía 18 años, estudiaba en Madrid y después de aquello mi padre no volvió a ser el mismo, pidió traslado y nos volvimos a Extremadura», cuenta la profesora.

«Impacta lo que nos han contado», dice uno de los alumnos de Miajadas tras la charla. ¿Psicológicamente sigues afectado? ¿Qué pasó con los responsables?... le preguntaron los chavales. Daniel sabe que los autores de aquel atentado pisaron la cárcel pero no quiere perder tiempo en ellos ni en revolver aquel sufrimiento. Su mujer tampoco: «ella lo llama accidente, se niega a aceptar que alguien quiera matar por que sí y lo recuerda todo con pelos y señales; yo lo tengo más olvidado, creo que es un mecanismo de defensa para seguir adelante».

TERROR ISLÁMICO / A Vicente González también le cuesta mucho volver la vista atrás, pero junto a su mujer, María Vázquez, también quiere contar su experiencia a los alumnos extremeños. Él solo no puede hacerlo porque 34 años después de vivir un atentado terrorista en propias carnes es incapaz de hablar de aquella noche del 12 de abril de 1985 sin derramar ni una sola lágrima. «Le cuesta revivirlo; no soporta los ruidos fuertes ni puede montarse en un ascensor», cuenta María. La vida de este matrimonio de Medina de las Torres e Higuera la Real no se detuvo por ETA (que en medio siglo de violencia mató a más de 800 personas y dejó 7.000 heridos), sino por un grupo yihadista. Fue el primer atentado islamista en España contra españoles y uno de los más olvidados en el país.

Vicente y María residen en Medina de las Torres, pero en aquella época vivían en Mejorada del Campo (Madrid). Como cualquier otro viernes por la noche, él estaba trabajando en el restaurante El Descanso, cercano a la base norteamericana de Torrejón de Ardoz, cuando su mundo empezó a tambalearse. «Eran las 22.30 horas, había 200 personas cenando en el local. Entró un hombre, pidió una caña, dejó una mochila detrás de la puerta de uno de los baños y se marchó». Pocos minutos después las dos plantas del restaurante quedaron reducidas a escombros. «Vicente se salvó porque había salido a otro cuarto a llevar cascos de botellas, si llega a estar dentro no lo cuenta. Salió como pudo a la carretera y un señor, al que nunca hemos podido dar las gracias, lo llevó al hospital», recuerda María.

«ESA NOCHE NO FUIMOS» / Ella y su hijo de tres años también se libraron por poco. «Solíamos ir todos los viernes a cenar allí con nuestros vecinos, pero aquella noche el niño estaba tontorrón y nos quedábamos en casa. Estábamos viendo el 1,2,3 cuando cortaron la emisión para contar que había habido un atentado. No sabía ni qué hacer, la familia estaba en el pueblo, fue muy duro, lo pasamos muy mal», dice mientras tampoco puede contener las lágrimas. Aquel atentado acabó con la vida de 18 personas y dejó un centenar de heridos. El objetivo eran los soldados americanos que solían acudir a aquel bar, pero «a esa hora la mayoría ya eran españoles».

Vicente estuvo seis meses hospitalizado, sufrió multitud de cortes por el cuerpo, una pierna rota y casi pierde una mano. María no se movió de su lado y al pequeño de tres años lo mandaron al pueblo con los abuelos. «Estuvimos seis meses sin verle, tuve que ponerme a trabajar». Porque tampoco recibieron ayuda. Ni económica ni psicológica. Esta última no llegó «hasta después del atentado del 11-M, como si no hubiera habido más». Tres años después de que explotara aquella mochila Vicente volvió a trabajar en el nuevo El Descanso hasta que hace cinco años, a los 62, se jubiló y el matrimonio volvió a Medina. Pero aquí las heridas tampoco se cierran por mucho tiempo que pase. «Yo no puedo perdonar ni olvidar y queremos que los jóvenes sepan aquella historia para que nada de esto vuelva a pasar, para que conozcan el daño que hace el terrorismo y la violencia y para que luchen contra estos comportamientos».

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