La Cr?nica de Badajoz | Martes, 19 de marzo de 2019

la atalaya

Al-Himyari (I)

FERNANDO VALDÉS Arqueólogo 07/01/2019

En esto de la Arqueología la información que se extrae de los objetos o de las crónicas, cuando las conservamos, nunca se agota, por mucho que se expriman. Pero, para eso, han de darse las condiciones críticas adecuadas. Cuanto más sabemos, más podemos llegar a saber. Vuelvo a referirme a Badajoz, sobre la que no había fijado mi atención desde hace algún tiempo. Hay un autor árabe-magrebí, Muhammad b. Abd al-Mu’nim al-Himyari, del que realmente sabemos muy poco. Apenas, que era jurisconsulto y que escribió una obra de enfoque enciclopédico a base de textos de otros autores. Ignoramos los años exactos en que vivió, pero no antes del siglo XIII, a juzgar por los datos recogidos en su libro, siempre más antiguos. Pero esta es una pregunta que excede este marco. Su trabajo se titula Jardín Fragante y recoge informaciones geográficas e históricas relacionadas con diferentes lugares y, en concreto, con las principales poblaciones de Al-Ándalus. Entre ellas, como no, está Batalyaws. Él es quien aporta los datos más exactos sobre su fundación y sus primeros perfiles urbanos, aceptando que proceden de fuentes ajenas muy anteriores y que, por lo tanto, requiere cautela a la hora de interpretarlo. Nuestro personaje habla de sitios no visitados por él, solo conocido por referencias ajenas. Pero no es la capital de los aftasíes lo que quiero traer esta vez a colación, sino una noticia menos apreciada, quizás por sorprendente y anecdótica. Al-Himyari narra cómo a algunas leguas de Batalyaws se extrae cristal de roca. Nadie, que yo sepa, ha pretendido sacarle punta a esta información, ni yo mismo. Perdonen la inmodestia pero es que desde hace ya unos años vengo ocupándome de una raros objetos islámicos fabricados, precisamente, con esa materia prima, cuyo origen, aunque controvertido, es desconocido. Se habla de Madagascar. Todos los autores -me incluyo en la serie- los consideramos, con alguna reserva, de manufactura egipcia, de El Cairo, y producidos entre los siglos IX y XII. Cuarenta y cuatro de esas piezas se guardan en colecciones españolas -museos, monasterios, iglesias o catedrales-. Pues bien, en ese contexto la cita aludida resultaba extraña, muy extraña. Casi caprichosa.