La Cr?nica de Badajoz | Lunes, 20 de mayo de 2019

A la intemperie

Manuscribir

Manuscribimos menos. Lo hemos ido dejando. Arrinconando en el trastero de lo ido. Escribir a mano, tinta y papel, es ya una añoranza. O casi

04/03/2019

La gente de mi edad ha escrito mucho. Escribir era un timbre de orgullo. Escribir o no escribir, esa era la cuestión. Era el afán que movía a los padres, porque sabiendo escribir la vida te sonreía. Atrás quedaba la lacra del analfabetismo. Escribir era la tierra prometida. Escribía el médico, el abogado, el contable y hasta el cura. Toda una gavilla de virtudes se fue levantando en torno a la escritura. La caligrafía, por ejemplo. Escribir llegó a ser arte. Y prez.

Yo he escrito mucho. En el colegio, sin descanso. En cuadernos, en hojas sueltas; el folio era una conquista después de años de libretas de alambre. En la universidad, para tomar apuntes, para trazar esquemas, para aprender y para demostrar lo aprendido. Uno era uno y su letra. La letra te definía. Te alzaba o te avergonzaba. La letra era una extensión del alma. Te definía. Aspirábamos a escribir de manera legible y, al mismo tiempo, a escribir bonito y rápido. Vivíamos entre la admiración sentida por las buenas letras de un compañero y el esfuerzo por mejorar las propias.

Así era el entorno y así pensé que seguiría siendo. Escribí en mi trabajo. Cartas, informes, demandas, recursos,… Me rodeé de plumas, bolígrafos, lápices, gomas de borrar y de un sinfín de adminículos, muchos de ellos, camino del desuso. De mi padre heredé una pluma y un secante. Y se me están muriendo de pena. Llegué tarde y mal a la pluma estilográfica, aquel sublime objeto de contrabando en los cuarenta. La pluma era, por entonces, parte de las galas del caballero. Lanza y adarga a la vez. Llegué tarde y me he movido más bien entre bolígrafos. De todo hubo, pero, por devoción a mi padre, prefiero usar bolígrafos Parker. Rotuladores ahora. Él, mi padre, firmaba las recetas, allá por los sesenta, con un bolígrafo Parker. Y eso, a pesar de la muy apretada, oscura y difícil caligrafía de los galenos, era, para mí, parte de los más altos deseos del ser humano: usar una Parker. Saber usarla.

Así que aprendí a escribir como Dios y los padres paúles mandaban. O sea, bien. En aquellos años coger la pluma como si fuera una cebolleta no estaba permitido. De tanto escribir, y de tanto empeño puesto en escribir conforme a la norma, me deformé el dedo medio de la mano derecha. Ahora que soy viejo tengo un nutrido catálogo de deformidades, pero, a mis dieciocho años, todo mi orgullo estaba puesto en aquella santa, bella y hasta heroica deformidad. Puede que, si alguien venido de otro planeta el día de mañana encontrase mi momia, por esa huella descubriera mi oficio.

Hoy la escritura depende de artilugios sofisticadísimos. Las novedades te atropellan. De los anticuados procesadores de texto a los programas de redacción asistida. Y, por delante, lo que no está escrito. Manuscribir va siendo ya un oficio artesano en extinción. Oír cómo una pluma rasga la rugosidad del papel de barba viene a ser casi tan extraño como ver templar espadas a un herrero. Esto se acaba. Se acaban los cuadernos Rubio y las cartas de amor. Los poemas repletos de tachaduras y de pasiones, las papeleras abarrotadas de borradores fallidos y las manchas de tinta. ¡Cuántas manchas de tinta! Los que hemos vivido entre letras manuscritas, entre libros dedicados y anotaciones al margen, estamos también en desaparición. Eran letras como montañas. Eran senderos de letras por los que caminar. Eran canciones de campamento.

Por cierto, ¿alguien quiere un secante?