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PULSO ENTRE GRANDES POTENCIAS

La guerra comercial: ni buena, ni fácil de ganar

La historia demuestra que de estos conflictos no salen vencedores

EL PERIÓDICO
01/04/2018

 

La historia desmiente ese optimismo del presidente de Estados Unidos, Donald Trump: las guerras comerciales no son "buenas" ni "fáciles de ganar”. Cualquier buen economista, incluso uno mediocre, corrobora la opinión del primer ministro chino, Li Keqiang: “Las guerras comerciales no son buenas para nadie. No hay ganadores”. El rancio proteccionismo que hoy defienden Washington y Londres está detrás de debacles económicas. La tristemente célebre Acta Tarifaria Smoot-Hawley de 1930, con la que EEUU gravó 20.000 importaciones, desencadenó respuestas parecidas en todo el mundo que contribuyeron a agravar la Gran Depresión y ralentizaron la recuperación. Las exportaciones estadounidenses se derrumbaron más del 60% en apenas cuatro años y el contexto global ayudó al auge del nazismo. La historia demuestra que las guerras comerciales solo funcionan como castigo cuando el que la declara tiene una superioridad económica apabullante, y no es el caso entre EEUU y China.

Es más que probable que los efectos desborden a los países en litigio y se extiendan a un mundo globalizado que aún pugna por remontar la crisis financiera. Las llamadas a la calma han sido constantes desde que empezaron los tambores de guerra. El conflicto tendrá “un impacto serio en la economía global”, corroboraba esta semana Roberto Azevedo, director general de la Organización Mundial del Comercio. Este es uno de los momentos más críticos que ha afrontado la organización en sus casi tres décadas de vida, alertaba en la BBC.

Solo una de cada 3.000 compañías estadounidenses apoya las políticas proteccionistas de Trump, calculaba recientemente la publicación 'The Economist'. Pero más preocupados que las empresas deberían estar los consumidores. Lo inútil de la lucha contra los productos chinos ya lo subrayó Sara Bongiorni. La periodista estadounidense intentó vivir un año alejada de las etiquetas del 'made in China' y en su 'best seller' concluyó que, por ubicuos y baratos, eran de imposible rechazo. El prólogo sostenía que las clases medias y bajas carecían de alternativas. Los 12 largos años transcurridos desde entonces solo han acentuado las conclusiones.

La factura 

Las medidas aprobadas por Trump tendrán “efectos devastadores para las economías familiares”, ha alertado esta semana la Cámara de Comercio de EEUU. La organización, que cuenta entre sus tres millones de miembros con gigantes como Ford e IBM, ha roto con sus críticas la tradicional alianza con los republicanos. Para la Asociación de Líderes de la Industria de Ventas al Por Menor, con base en Washington, los aranceles “son, lisa y llanamente, un impuesto oculto para los estadounidenses”. La organización recordaba recientemente que más del 41% de la ropa y del 72% del calzado vendidos en EEUU vienen de China.

Unos aranceles de 60.000 millones de dólares repercutirán forzosamente en el precio final. Quizá al millonario Trump no le importe soltar unos cuantos dólares más para consumir productos nacionales, pero es dudoso que la castigada clase trabajadora, su principal caladero de votos, pueda permitírselo. Trump persevera en su cruzada antichina en contra de historiadores, economistas y empresas patrias, y jaleado tan solo por los que aún ignoran que pagarán la factura.