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LA CARRERA HACIA LA CASA BLANCA

La impopularidad de Trump y Clinton da alas a la influencia de los terceros partidos

Los libertarios y, en menor medida, los verdes, cobran inusitada fuerza en la campaña. Gary Johnson, el líder libertario, podría entrar en los debates y ser decisivo en estados bisagra

 

La candidata verde Jill Stein habla con sus simpatizantes. - REUTERS / DOMINICK REUTER

IDOYA NOAIN
06/08/2016

Los terceros partidos en Estados Unidos son, según dijo en 1955 el historiador Richard Hofstadter, “como las abejas: una vez que han picado, mueren”. Su máxima era válida para identificar a los partidos anti-inmigración de la segunda mitad del siglo XIX e incluso aptos para esfuerzos posteriores como los del cruzado contra los derechos civiles George Wallace en 1968 o los del reformista Ross Perot en 1992. Pero el aforismo quizá haya dejado de tener sentido en este 2016, el año en que se están haciendo añicos muchas tradiciones políticas y en que las grandes formaciones históricas tienen enDonald Trump y Hillary Clinton los dos candidatos más impopulares de la historia. El Partido Libertario, liderado como en 2012 por Gary Johnson, y el Partido Verde, como hace cuatro años también encabezado por Jill Stein, podrían ser avispas.

En la contienda electoral entre Barack Obama y Mitt Romney los libertarios obtuvieron más votos que nunca antes, pero se quedaron en el 0,99% del sufragio. Los verdes no llegaron ni al 0,40%. Esta vez, no obstante, las encuestas a cuatro bandas ya muestran porcentajes de apoyo del 8% para el libertario Johnson y del 4% para Stein. Y si alguno alcanza el 15% en los cinco sondeos que usa el comité de debates para decidir los participantes en los duelos cara a cara, que empiezan el 26 de septiembre, lo que hasta ahora ya ha sido una campaña impredecible lo puede ser mucho más.

 

LA FORTALEZA DE LOS LIBERTARIOS

Johnson es el candidato con más papeletas para lograr ese espacio en los debates que por última vez consiguió Perot, que con el 19% de los votos en las presidenciales contribuyó a la victoria de Bill Clinton sobre George Bush padre. Y la fuerza de su candidatura esta vez tiene más que ver con el descontento con Trump y Clintonque con un cambio de programa en la formación libertaria que nació en 1971 inspirada en las ideas de libre mercado de Milton Friedman y en el egoísmo racional y el individualismo de Ayn Rand.

El que fuera gobernador republicano de Nuevo México entre 1995 y 2003 sigue haciendo de la reducción del Gobierno su principalapuesta. Sus propuestas incluyen la privatización de la medicina y la erradicación del Departamento de Educación, de Hacienda y de la Reserva Federal, así como la defensa a ultranza de que no haya ningún tipo de restricción a las armas de fuego. Son todas causas que le alinean con los votantes de derecha y le convierten en refugio de muchos republicanos desencantados o incluso horrorizados con Trump, para los que además ha puesto otra guinda en el pastel: ha seleccionado como vicepresidente a William Weld, otro republicano moderado que fue gobernador de Massachusetts entre 1991 y 1997.  Mitt Romney ha llegado a decir que si Weld fuera de número 1 no tendría ninguna duda en votar libertario. Incluso con Johnson de líder, se lo está pensando antes que votar a Trump.

La fortaleza de Johnson, no obstante, puede provenir esta vez sobre todo del campo demócrata. Muchos seguidores del senador Bernie Sanders, particularmente los jóvenes, están algo más que frustrados con la nominación de Clinton. Y pese a la petición del senador de Vermont de que voten por ella, los sondeos apuntan a una fuga no solo hacia el Partido Verde, sino también hacia Johnson. ¿Su miel? Que muchas posiciones sociales de los libertarios comulgan con las de los más progresistas: apertura a la inmigración; igualdad de derechos; oposición a la intervención militar en el extranjero, la pena de muerte y la “guerra contra las drogas” y defensa de la legalización de la marihuana (que el candidato consume).

Johnson incluso está combatiendo la imagen racista que siempre ha perseguido a los libertarios. Esta semana ha reconocido que ha vivido ajeno a las realidades de la discriminación y ha dado su apoyo al movimiento Black Lives Matter.

 

LOS VERDES

Ese tirón de Johnson entre algunos seguidores de Sanders resta esperanzas de influencia al Partido Verde, que este fin de semana celebra su convención. Pero Jill Stein, la doble graduada de Harvard que durante 27 años practicó medicina interna, también tiene puntos a su favor. Muchos sanderistas a consideran a ella ahora la representante de sus valores, por su foco puesto en la lucha contra el cambio climático (propone que para 2030 el 100% de la energía en EEUU sea de renovables y eliminar la nuclear), el recorte del gasto militar y en temas sociales como una propuesta de moratoria de desahucios. Y sí están dispuestos a trabajar por su campaña, algo que muchos se niegan a hacer por Clinton incluso si, con la mano en la nariz, acaban votando por la candidata demócrata.

 

Los terceros, vitales en los estados bisagra

La clave para que un tercer partido sea definitivo en noviembre será la presencia de su candidato en el máximo número de estados posible. Entre 1992 y 1996 los libertarios estuvieron en los 50 y desde entonces han estado en más de 40. Este año Johnson y Weld podrían alcanzar los 49.

Esa presencia en los estados es clave sobre todo si la lucha entre Clinton y Trump es muy reñida y por ejemplo en Colorado, donde el 8 de noviembre se decide también sobre la legalización de la marihuana, la presencia de Johnson será aún más determinante.

En ese estado tradicionalmente bisagra y en otros muy disputados como Nuevo Hampshire, Nevada, Minnesota o Nuevo México, los candidatos de terceros partidos han logrado más del 2% de los votos desde el año 2000.

Todo el mundo recuerda lo que pasó aquel año: Ralph Nader se llevó el 3% del sufragio y en Florida Al Gore se quedó a meros 537 votos de distancia de George Bush, al menos cuando se paró el recuento y se dejó que fuera el Supremo quien diera la victoria al republicano. Lo que no suele recordarse es que en aquella contienda Pat Buchanan también se coló en algunos estados como representante del Partido Reformista y ayudó a que cuatro territorios tradicionalmente republicanos se los apuntaran los demócratas.

Esa influencia en territorios disputados plantea la posibilidad de que ninguno de los candidatos logre los 270 votos del colegio electoral necesarios para llegar a la presidencia. En ese escenario, la elección del presidente pasa a la Cámara Baja, donde cada delegación estatal tiene un voto. Es improbable pero no imposible, y algunos republicanos desesperados con la candidatura de Trump incluso quieren que suceda.