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tensión comercial

Jaque al gigante asiático en la guerra tecnológica

La condena de la justicia estadounidense podría ser fatal para Huawei, una de las joyas de la corona china que vende el 15% de los teléfonos del mundo

ADRIÁN FONCILLAS
06/12/2018

 

Ocurrió el pasado sábado. En Buenos Aires, Trump y Xi anunciaban un armisticio de tres meses en su fragorosa guerra comercial y enfatizaban la confianza mutua. Y en Vancouver, la policía detenía a una de las más rutilantes empresarias chinas por petición de Estados Unidos. No es previsible que un ego tan inflamado como el de Xi olvide esa afrenta. Los expertos habían sugerido que esos tres meses serían arduos y a las complicaciones técnicas y posturas alejadas se sumará una atmósfera tendente a sólida. Pekín ya había mostrado su confianza en cerrar el acuerdo y prometido implementar de inmediato las medidas aprobadas. A eso se le conoce aquí como perder cara y es un asunto muy serio.

Estados Unidos ha entrado en terreno inexplorado. La administración Obama acusó a nacionales chinos de cargos parecidos pero nunca se atrevió a detenerlos en terceros países porque previó la ira incontenible de Pekín. El caso Meng supone media docena de peldaños en la escalada bélica. La llaman guerra comercial pero tiene que ver más con la tecnología que con los aranceles. Estados Unidos ha lamentado la transferencia de su tecnología hacia China, ya fuera por ciberespionaje, olímpica ignorancia de patentes o la forzada asociación de sus empresas con locales para entrar al mercado asiático.

Pero ese pliego de cargos era viejo. El detonante de las hostilidades fue el Plan Made in China 2025, que pretende arrebatarle la primacía global a Silicon Valley con el desarrollo de una decena de industrias de alto valor añadido como la robótica, coches eléctricos, inteligencia artificial o biomedicina. La iniciativa, publicitada sin pausa por Xi como la clave económica de las próximas décadas, fue recibida en Washington como una amenaza.

FUERZA SIMBÓLICA

Se desconoce si tras la detención de Meng llegarán más prohibiciones de operar en Estados Unidos u otros altos ejecutivos serán también acosados. Es indudable ya la fuerza simbólica del ataque a Huawei, una de las joyas de la corona tecnológica china. La compañía nacida en 1987 y con sede en Shenzhen (provincia de Cantón) vende ya el 15 % de los teléfonos del mundo, sólo superada por Samsung, y epitomiza el gran salto adelante chino. El país producía años atrás groseras copias de terminales occidentales y hoy Huawei invierte más que nadie en innovación para ofrecer tecnología puntera con precios apretados.

Es menos sabido por el público que desde 2015 ostenta el liderazgo global en redes e infraestructuras por las que circula la información. Preocupa su expansión porque los presuntos vínculos con el Gobierno, que la compañía niega, podrían facilitar información a Pekín. No tranquiliza el pasado en el Ejército chino de su fundador, Ren Zhengfei. Pekín ha desdeñado esas reservas como ridículas y acusado a Washington de anclarse en la Guerra Fría.

La condena de la justicia estadounidense podría ser fatal para Huawei. La prohibición de comprar microchips estadounidenses ya hundió a la multinacional china ZTE. La empresa de Shenzhen, quizá en previsión del proceso, ya ha empezado a desarrollar sus propios chips, pero aún depende del software de la estadounidense Google.