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RESCATE CON FINAL FELIZ

De novicio budista y entrenador a héroe en la cueva de Tailandia

Ekkapol Chantawong, el monitor de los doce niños atrapados en la gruta de Mae Sai, ayudó a que los menores sobrevivieran a los largo de los 16 días que estuvieron en la galería

ADRIÁN FONCILLAS
15/07/2018

 

¿Es el insensato que empujó a los niños a una muerte probable o el artífice de que la evitaran? Sobra la disyuntiva: el entrenador fue ambos. El debate, pues, es qué pesa más en el balance. Tailandia no duda: Ekkapol Chantawong, alias Ek, es el héroe que exige cualquier epopeya y la prensa local encadena panegíricos. “¿Habrían salido de ahí sin su ayuda? ¿sin sus ejercicios de meditación?  Quiere a esos niños más que a su vida”, zanja su tía, Tham Guntawongse.

Los submarinistas y los niños descartan un final feliz sin él. Ek reacionó las pocas chucherías que llevaban y sacrificó su ración, les animó a beber el agua de lluvia por las paredes de la cueva en lugar de la estancada y freno los ataques de pánico, desesperación y claustrofobia. Compartió con los doce niños los ejercicios de meditación aprendidos como novicio en un templo budista. No sólo sirvieron para preservar su sosiego mental sino para que se mantuvieran quietos y consumieran menos oxígeno. Los niveles en la galería llegaron a caer al 15%, muy por debajo del 21% que exige la respiración humana óptima y cercanos al 12 % que se estiman peligrosos para la vida humana. Salió el último día de la cueva, por detrás de los más débiles. El relato le ha empujado al altar de los héroes nacionales. Ya nadie recuerda que la policía se planteaba en los primeros días acusarle de poner a los niños en peligro.

En la biografía del entrenador de fútbol se aprietan las desdichas. Es su segundo regate a la muerte en apenas 25 años. Una epidemia se llevó a su hermano de siete años,  a su padre y a su madre cuando Ek apenas contaba 10 años. Su familia lejana dejó a aquel niño descrito como “triste y solitario” a cargo de un monasterio budista y ahí siguió con su túnica azafrán y sus rezos hasta cumplir la veintena. La enfermedad de su abuela le obligó a colgar los hábitos antes de la ordenación para cuidarla. Bajó a Mae Sai (provincia Chiang Rai) para empezar de nuevo, apegado aún a la espiritualidad. “Pasaba la mayor del tiempo en el monasterio, ayudando a elaborar adornos florales o los bolsos que después vendía en el mercado. Es un chico muy sencillo. Su único vicio son las cortezas crujientes de cerdo”, continua Tham.

Mentor espiritual
Es su tía en el sentido elástico de la zona, sin vínculos de sangre. Tham le acogió movida por su drama personal y su bonhomía. Cuando Ek no dormía en el templo lo hacía en casa de su hijo, a la vez mentor espiritual y mejor amigo. Aquel 23 de junio habían quedado para cenar y Ek se retrasó por primera vez. Poco después se supo que habían encontrado los zapatos y mochilas del grupo en la boca de Tham Luang.

La carta que escribió Ek en la caverna iba dirigida a su tía. En ella también rogaba el perdón de los padres de los niños y prometía cuidarlos hasta el fin. Los padres contestaron eximiéndole de responsabilidad. Los amigos de EK han asegurado que abrigará un sentimiento irresistible de culpa.

A los chicos dedicaba el grueso de su tiempo desde que el equipo de fútbol Jabalíes Salvajes le ofreció el puesto de entrenador ayudante. Muchos de los jugadores vienen de las familias más pobres de una región no especialmente boyante y ese desamparo fortaleció sus vínculos. Ek pertenece a la etnia Tai Lue, proveniente de la provincia birmana de Shan, y al igual que tres de los niños atrapados carece de nacionalidad tailandesa. Son apátridas.

Lazos de compañerismo
Cuentan en su club que enfatizaba la forma física y que no costaba verles corriendo, en bicicleta o nadando en el río. Y sí, también los llevaba a Tham Luang. Su página de Facebook muestra varias fotos de Ek con niños en la cueva dos años atrás. Los compañeros de colegio contaban esta semana que la cueva es un lugar de juegos recurrente. Ahí demuestran su hombría, ahí sellan sus lazos de compañerismo.

Un veinteañero sin familia ni país obligó a doce chavales de entre 11 y 16 años a sobrevivir durante 16 días en una cueva sin luz ni comida ni agua.  “Todos los que le conocemos sabíamos que saldría con los niños. No es un héroe, sólo intenta hacer las cosas lo mejor que sabe”, remata su tía.