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LOS PINTEROS DE LOS CAMPEONES

Los fotógrafos de MotoGP, cazadores de gestas

Los fotoperiodistas del Mundial de motociclismo son los que mejor reflejan el riesgo y vértigo que viven los pilotos que compiten a 350 kms/h. 'Marc Márquez es una auténtica ONG para nosotros; cada día nos regala una imagen única y espectacular', señala Alejandro Ceresuela

EMILIO PÉREZ DE ROZAS
03/05/2019

 

Siempre han sido un mundo aparte. Ellos y sus máquinas. Ellos y su ojo. Ellos y la yema de su dedo índice. Ellos y sus cámaras, la vieja y nueva tecnología. Ellos y su mundo, único, aislado de las redacciones. Ellos y su manera de vestir, de trabajar, de jugarse la vida, de meterse donde jamás se meterá un redactor.

Ellos aún existen y siguen siendo imprescindibles pese a la aparición del peor enemigo que ha tenido profesión alguna: el móvil. Ellos saben que su ojo, su imaginación, su intuición, su experiencia, su sagacidad, su arte continúan marcando la diferencia. Ellos son algunos de los grandes y cotizados fotógrafos del Mundial de MotoGP, colegas, amigos, cómplices de los mejores campeones y, sobre todo, aquellos que más cerca están de ellos en la pista, del riesgo, de la muerte. Ellos son los únicos capaces de verlos, gracias a sus inmensos teleobjetivos, como si los tocasen con las manos pese a ir a 350 kilómetros por hora.

Después de tantos años, lo que intentas es hacer, en cada gran premio, algo distinto. El problema es que llevas 30 años dando vueltas por el mundo, acudiendo a los mismos trazados y no es sencillo. Pero ese es el gran reto de nuestro trabajo, explica Gigi Soldano, creador de la agencia Milagro, amigo de Valentino Rossi y uno de los grandes gurús en el paddock.

¿INFORMACIÓN Y/O ARTE?

Una de las cosas que más curiosidad genera a Soldano, que ha seleccionado una foto del Doctor tras pintarrajear el asfalto, es que ellos son capaces de detectarnos en la pista. Ellos siempre te ven, saben dónde estás. Somos amigos y, a menudo, nos ayudan con su complicidad, especialmente en los entrenamientos, claro. Gigi cuenta que las cámaras digitales con su capacidad para ver, de inmediato, la foto que acabas de hacer y, por tanto, corregir los defectos que detectas son una gran ayuda.

Mirco Lazzari, otro de los grandes, autor cada año de un espectacular libro de imágenes titulado 300, cree que la mayor dificultad es compatibilizar el deseo, la ilusión, la necesidad del artista con las peticiones de sus clientes, sean periódicos, revistas, agencias, patrocinadores, equipos, marcas y/o pilotos. Una cosa es trabajar para los que te dan de comer y otra, muy distinta, contentar a tu corazoncito de artista, tratar de ser original. No es fácil conjuntar las dos ideas en una sola imagen. Es más, no siempre es posible.

Lazzari, que nos ha dado una foto de la que se escapa Marc Márquez tras trazar varias curvas multicolores, intenta que sus fotos plasmen, representen, la sensación de velocidad, pero también que el lugar sea reconocible y, por supuesto, que técnicamente sea perfecta. Otra cosa que me encanta es transmitir emoción. En ese sentido, Lazzari, amigo personal de Marc desde niño, agradece al heptacampeón el vigor, el arrojo, la espectacularidad de su pilotaje y, sobre todo, su eterna sonrisa, la expresión de sus ojos, que iluminan cualquier foto.

LA PLASTICIDAD DE MÁRQUEZ

Probablemente uno de los que más se aprovecha de esa sonrisa, de esa eterna felicidad (real, muy real) de Márquez sea Alejandro Ceresuela, su fotógrafo personal, colaborador de El Periódico de Catalunya. Marc es una auténtica ONG para los fotógrafos pues, con su pilotaje agresivo, descolgado de la moto, rozando el asfalto hasta con el culo, nos regala los mejores momentos. Cada fin de semana hace una buena obra para uno de nosotros. Marc es, sin duda, el que más oportunidades de lucimiento te ofrece, otra cosa es que tú sepas aprovechar esos instantes.

Ceresuela, que me regala el momento en que Marc cruza la meta como triunfador en Alemania-2018, con su equipo colgado del muro y la pícara complicidad de la pizarra de Valentino Rossi, su eterno rival, elogia, cómo no, a otros pilotos, como Jorge Lorenzo, Andrea Dovizioso o Àlex Rins que, por su estilo tan fino siempre te ofrecen una foto más estética y bella, aunque él continúa vibrando con la plasticidad de Marc en la pista.

Si hay alguien que sabe de agresividad, locura, descomposición de la imagen, ése es Tino Martino, un corpachón que posee el récord de caídas del Mundial: 13 caídas en un GP de Estoril. Cierto, en agua. Cuando se produce una caída, todo el mundo acude al MacBook de Martino a verla. Siempre la tiene. Él lo niega, pero es cierto. Es sueeeeeerte, amigo, bromea con su voz protestona arrebatadora. Y no, no es suerte. Es suerte una vez. Mil, no. La verdad es que la desgracia del piloto suele ser mi fortuna. Llevo 30 años aquí, entre ellos, detrás del guardarraíl. Intuyo el peligro, el sitio donde pueden caerse. No más.

Lo más curioso del inmenso Tino es que, encima, ha pasado a la historia con una imagen, la que aparece bajo el retrato de todos ellos, en la que Márquez nunca llegó a caerse, pese a plegarse (totalmente, sí) sobre el asfalto de Brno, en el 2015. Lo vi llegar, estábamos solos, él y yo, lo fotografié con una ráfaga de motor y, cuando pasó, fui a buscarlo detrás del guardarraíl, casi en el bosque, convencido de que se había estrellado. Temí que se hubiese hecho daño. Y nooooo!, nunca se cayó, pues dio un golpe de codo, de rodilla, de culo y levantó la moto. Es único, único!

LORENZO, OCULTO EN SU MOTO

Tino es tremendo. Ahora chocaríamos tú y yo en pasillo de la sala de prensa, nos caeríamos y él tendría la foto. Tiene imán, cuenta entre risas Diego Sperani, otro genio de la imagen. Sperani, que intenta ser neutral al trabajar para la web oficial del Mundial (motogp.com), agradece tanto la agresividad, el hecho de que se descuelguen de sus motos, de Márquez, Miller o Redding, como la asombrosa capacidad que tiene Jorge (Lorenzo) para pasar siempre, una, diez, cien, mil veces por la misma curva, por el mismo sitio, por la misma trazada. Eso también me parece admirable. Para Sperani una imagen de Marc, totalmente fuera de su Honda, y otra de Lorenzo, totalmente acoplado, escondido, casi acostado sobre el depósito de su moto, pueden ser igual de preciosas y descriptivas.

Yo, la verdad, me siento un privilegiado porque he podido convertir mis dos pasiones, la fotografía y las motos, en mi trabajo y, encima, compartiendo vida, amistad, complicidad con muchos de los pilotos, señala Alex Farinelli. Qué le gusta a Farinelli? Me encanta Marc porque pilota como si estuviese montado en un toro salvaje, en un rodeo, subido en un purasangre que intenta domesticar. Y me encanta Valentino (Rossi) porque sabe perfectamente cómo quiere y qué necesita cada moto y se adapta a ella.

Farinelli, como Jaime Olivares o Jesús Robledo, reconoce que en su mente se produce, continuamente, el combate entre servir al cliente y dar rienda suelta a su imaginación. Para sobrevivir, hay que ofrecer un material útil a nuestros clientes; para sentirnos vivos, intentamos hacer arte, ser originales, improvisar, utilizar nuestra cámara como si fuese un pincel, aunque reconozcamos que es muy difícil, mucho, lograr una imagen que cumpla ambos requisitos, ambas funciones: información y arte. Pero ese es el gran reto; para lo demás, ya está el móvil.

LA MENTE, EL OJO, EL DEDO

Lo espectacular, explica Olivares, es que los dos elementos, piloto y moto, se descoloquen, que cada uno vaya por su lado, pues estéticamente es más agradecido y eso solo ocurre en las motos, no en la F-1 ni en los rallys. Robledo reconoce que mientras su ojo se prolonga en la cámara, forma parte de su inmenso teleobjetivo, no ve la foto. Muchas veces tienes la fotografía en tu cabeza, la sientes, eres capaz de dibujarla en tu cerebro, pero hasta que no la ves plasmada, reproducida, en la pantallita de tu cámara, no te quedas tranquilo, no te sientes satisfecho, feliz.

Olivares es de los que defiende (bueno, la idea es compartida por todos, claro) que las fotografías se hacen con la cabeza entre otras cosas, asegura, porque la sofisticación del material, el exceso de tecnología, ha hecho desaparecer algo que, antes, era una cualidad exclusiva de los profesionales: que la foto estuviese enfocada. La cámara digital y el autofocus han convertido esa habilidad en algo demasiado común, fácil. Pese a todo, la mente, el ojo, la yema del índice sigue marcando la diferencia.

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