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disidencias

Muerte

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
29/06/2020

Mientras suena el adagietto de la quinta sinfonía de Mahler, la muerte se desliza por la laberíntica Venecia descrita por Mann y dibujada por Visconti. La hermosura de una ciudad eterna se confunde entre la melancolía que producen la confusión y las pérdidas. Uno se pregunta cómo es posible que dentro de tanta belleza exista tanta imperfección, cómo pueden coexistir el amanecer fresco y claro con la noche oscura y aterradora. La perturbadora hermosura de la vida consumiéndose por la enfermedad que empuja, irremediablemente, al señalado por la parca hacia un abismo frío donde no hay consuelo para el que permanece arriba, donde solo hay nada para el que le roban la vida y su alma se vacía. C. S. Lewis escribió que «gran parte de una desgracia cualquiera consiste, por así decirlo, en la sombra de la desgracia, en la reflexión sobre ella. Es decir, en el hecho de que no se limite uno a sufrir, sino que se vea obligado a considerar el hecho de que sufre». A veces, las pérdidas, los conflictos, el fracaso, el tiempo que se nos escapa de las manos, el insoportable dolor, la tristeza en medio de tanto ruido, nos lleva, como a Bergman, en su partida de ajedrez con la muerte, como a Kierkegaard, en medio de su angustia y su vértigo existencialista, como al panadero, el arquitecto o el policía, como a la madre, el hijo, el abuelo o la amiga, a preguntarnos por el silencio de Dios.

La muerte, como etapa última de nuestra existencia cargada de hielo y miedo, siempre presente, siempre anunciando su llegada. Y eso nos rompe y nos aboca al infierno de la duda o la descreencia. Cuando somos jóvenes, la muerte existe, pero casi no nos afecta, y cuando avanzamos por la vida, la muerte de los seres queridos nos duele ya desde el presentimiento. Y llegamos a torcernos, a plantearnos que solo existe la materia del cuerpo que se destruye.

Celebramos el descanso de los que no creen y nos angustia creer en lo que dudamos, en lo que ya no deseamos creer porque solo nos hace daño creer en la nada y sus ausencias. Y es ahí cuando aparece el salto de fe de Abraham al que alude el filósofo danés puede resultar ridículo, infantil, incluso vano, pero deseas que haya algo, que haya alguien, que el alma siga viva y en algún lugar del tiempo y del espacio y de la no materia haya un rincón para los reencuentros con los que tanto amamos y se nos fueron y tanto echamos de menos. Hoy hace un año y ni un solo día dejé de pensar en ti y en lo injusto que fue que te perdiera. No, de ninguna manera, la muerte no puede ser el final.