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Disidencias

Volver

 

Juan Manuel Cardoso Juan Manuel Cardoso
15/09/2020

Como canta el tango, como sabemos todos: “Volver con la frente marchita. Sentir que es un soplo la vida. Vivir con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez”. Septiembre es un mes de regreso, de volver a empezar, de ilusionarse con un nuevo curso, mientras que esperamos que al año acabe y resurja de nuevo la primavera. Pero, vuelven los recuerdos de antaño, cuando ir al colegio era una fiesta y no una incertidumbre, cuando cumplir años era un alborozo y no el miedo atroz al paso inevitable y acelerado del tiempo, cuando las manos también servían para ayudar a levantarse al que caía, para dar abrazos, para estrechar otras manos. Los recuerdos de un mes que nos llevaba al otoño cálido, a los viajes que venían con retraso, a los primeros compases de una música que a todos nos agradaba.

Volvemos a todo aquello algo marchitados, llorando de melancolía porque la vida es un soplo, porque los pequeños avanzan de curso, porque muchos de los abuelos ya no están para disfrutar de ellos, porque si la vida es un soplo y los soplos están malditos, nos sentimos huérfanos de vida. Y vivimos con el alma en un puño, con el miedo a la espalda, cargados de lágrimas, aferrados a los recuerdos que aún resuenan de aquella patria que era el patio de casa, las tareas del cole que nos permitían algo de tarde para el descanso,el recreo en el colegio, el parque de las primeras citas, todos sentados a la mesa, los libros de texto recién forrados, un telediario donde no todo eran malas noticias, el primer amor que aparecía y nos provocaba un desasosiego. No es pesimismo aquello que nos envuelve, que también; no es la angustia de vivir a medias o vivir siempre en el alambre, que coquetea demasiado con nosotros; no son los nubarrones que nunca sabes el tipo de tormenta que descargarán y siempre nos pillan sin paraguas y en maga corta. No, no se trata solo de eso, de vidas que caminan en silencio hacia ninguna parte. Es algo más, a veces imperceptible; otras, pesado como el acero, como granito que nos aplasta y nos impide levantar el vuelo.

Es la sensación de que algo se nos escapa, se nos desliza entre los dedos, y no podemos recuperarlo. Muriéndonos a toda prisa como el Churruca de Galdós en Trafalgar, intentamos conservar la fuerza del espíritu, nos apegamos “con irresistible empeño a la vida” y concluimos que vivir es un deber.