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LA SENTENCIA DEL 'CASO NÓOS'

Así debe de haber explicado Urdangarin a sus hijos que está en la cárcel

Una educadora, una pedagoda y un sociólogo reflexionan sobre la manera de afrontar antes tus vástagos un discurso que debe ser verdadero La ausencia de arrepentimiento por parte del matrimonio, la idea de que no creían estar haciendo nada malo, puede ser la base de una falsa explicación

EMILIO PÉREZ DE ROZAS
21/06/2018

 

Siendo grave y horrible todo lo que ha pasado. Siendo interminable el proceso, el juicio, la sentencia del 'caso Nóos', el recurso al Tribunal Supremo, el ruido, la ‘sentencia del telediario’, la huida de la familia a Suiza, la ruptura de la familia real, puede que lo peor y más dañino del ‘caso Urdangarin’ sea, antes de su ingreso en prisión, como poco, durante cuatro años, cómo explica un padre a sus hijos (Juan Valentin, de 18 años; Pablo Nicolás, de 17; Miguel, de 16 e Irene, de 13) que va a entrar en la cárcel. Otros padres, otros delincuentes, otros políticos presos, han pasado por ese trance y lo han afrontado como mejor han sabido y podido, aunque ninguno rodeado de semejante escándalo.

Es evidente que el punto de partida de esa embarazosa situación pasa por asumir lo ocurrido, cosa que ni Iñaki Urdangarin ni la infanta Cristina han hecho. Es evidente que de haber reconocido el delito e, incluso, de haber devuelto lo defraudado, probablemente la situación hubiese sido distinta, sobre todo de cara a la sociedad, que, tal vez, hubiese tenido un puntito de empatía con el matrimonio arrepentido. No ha sido así y todo el mundo entiende que Urdangarin esté en prisión.

Ser ladrón o robar
“El primer punto a la hora de analizar cómo puede afrontarse una situación tan tremenda, pasa por distinguir comportamiento y el ser”, señala Cristina Gutiérrez, directora de ‘La Granja’, un centro especializado en educación emocional. Ni que decir tiene que Cristina considera que ha de ser el padre quien afronte la conversación con sus hijos y no puede trasladar esa responsabilidad a nadie más. “Cuando digo que hay que distinguir entre comportamiento y el ser, es porque no es lo mismo ser un ladrón, que reconocer que has robado. Ser un ladrón es que te pasas la vida robando; lo otro es ‘fui malo un momento’. O estuve mal aconsejado, o me dejé arrastrar, o viví con malas compañías, o creí que se podía hacer. Entre otras cosas porque estoy convencido de que los hijos de este señor tienen una versión de él como padre excelente”.

Directora de 'La Granja', centro especializado en educación emocionalEs evidente que lo más duro de equivocarse, explica Cristina, es reconocer que te has equivocado, entre otras cosas porque no sabes cómo justificarlo. “Darte cuenta que has errado y pedir perdón, da descanso y empatiza con la gente. En ese sentido, creo que, aunque ‘la sentencia del telediario’ es durísima, pedir perdón, demostrar tu arrepentimiento y devolver el dinero te ayuda a salir del desastre en el que te has metido”.

No hay duda que, si no has sido honesto con la sociedad, en ese momento lo has de ser con tus hijos y, en ese sentido, debes contarles la verdad, admitir lo que sea “porque tus hijos están preparados para perdonarte, pero debes ser honesto con ellos. Entre otras razones porque, en los tiempos que vivimos, ellos, por sí solos, con el móvil en la mano, tienen manera de verificar si lo que les dices es verdad o no. Ellos buscarán su verdad y, si quieren mirar, verán. Y hay algo mucho peor que ir a la cárcel y es que tus hijos no te crean”, señala Cristina.

El temor a la deshonra
En casos como el que nos ocupa hay algo que pesa muchísimo y es el temor a la deshonra. “El temor a la deshonra”, sigue explicando Cristina Gutiérrez, “es un tipo de miedo y el miedo paraliza. No aceptar lo que uno ha hecho, no reconocer esa equivocación, es algo que te afecta a ti, afecta a los tuyos y ni siquiera sabes durante cuánto tiempo lo arrastrará tu familia, que incluso tiene que cambiar de ciudad, de país, de amigos para no sufrir esa deshonra”.

Eva Bach, pedagoga, maestra y escritora, cree que, frente a esta terrible situación, no hay más remedio que decir la verdad, ya que es mucho peor esconder lo que todo el mundo sabe, aquello que ha tenido un gran impacto en la sociedad y, sobre todo, un impacto emocional terrible en la vida cotidiana y en las emociones de tus hijos. No explicar la verdad, no decirles a tus hijos qué y cómo ha ocurrido, tiene unas contrapartidas tremendas, según Eva.

“No tiene sentido ocultarlo, pues es una fantasía pensar que si no lo hablamos de ello, no existe. Por desgracia, existe igual, sí, y como señala Cristina, los niños, los jóvenes, tienen ahora multitud de formas, maneras e instrumentos para conseguir su propia verdad”, explica Eva. “Nuestros hijos tienen un ‘wifi emocional’ y lo detectan todo, todo. Leen nuestras caras, muestras expresiones, nuestros silencios, nuestras emociones, nuestros comportamientos. Si no les contamos lo que está ocurriendo, pueden imaginarse algo peor, más angustioso e, incluso, hasta pueden sentirse culpables de lo que le está ocurriendo a su familia. Su capacidad para montarse una película es tremenda”.

Privarles de la adversidad
No contárselo, o decirles que todo va bien, cuando no va bien, les generará, según estas expertas, una inseguridad de cara al futuro tremenda y, además, una duda sobre sus padres horrible. “El gran error es pensar que no están preparados para oír según que coas. Ese sí sería el peor error, porque esos muchachos pueden que sean pequeños de altura o edad, pero son enormes de corazón”, indica Eva. “Privarles de la adversidad, simplemente para protegerlos, es una manera de hacerlos más débiles. Porque ellos han de construir su propio código de defensa, que será su fortaleza interior. Si les ocultamos las dificultades actuales, cuando deban afrontar por sí solos los problemas cotidianos, los graves y los menos graves, no sabrán cómo. No podemos hacerlos incapaces porque nosotros nos inventemos que son débiles. No lo son”.

“Uno tiene la impresión”, relata el sociólogo Salvador Cardús, “de que tanto Urdangarin como la infanta tienen la conciencia íntima de que han sido víctimas, digo, no sé, me parece, de los malos consejos de su entorno. No tengo la sensación de que reconozcan su culpa y, mucho menos, de que estén arrepentidos”.

Cardús señala que, evidentemente, el relato de por qué estas en la cárcel es muy variado y no tiene nada que ver entre un criminal, que no tiene escapatoria ni retórica para justificar su acto, a un político preso, que puede convertirse, incluso, en un héroe porque se está sacrificando por un bien mayor, tal y como ha ocurrido en muchas de las luchas y persecución de objetivos sociales conseguidos en el pasado y en el presente.

“Hay un punto que no deberíamos olvidar en el momento de analizar esta situación e intuir cual ha sido el comportamiento o la manera de actuar de este matrimonio antes de que el cabeza de familia ingresase en prisión. No estamos hablando de una familia normal, no. Todos ellos, empezando por los niños, toman conciencia, casi desde el primer día de su existencia, de que son distintos: viven en palacio, su abuelo es el Rey, van con guardaespaldas al colegio…es evidente que, en ese entorno, los relatos no son como los nuestros, no”.

Tacto a la hora de explicar
De cualquier manera, tanto Cristina como Eva coinciden en que contar la verdad no consiste en contar cualquier cosa de cualquier manera. Los temas delicados precisan de una sensibilidad especial, de un discurso especial, hasta de un vocabulario especial. No se puede alarmar a los hijos e, incluso, existe la posibilidad de que todo este desastre pueda tener para ellos determinadas enseñanzas para su vida presente y futura.

Cardús también coincide en que debe contarse la verdad, sí, pero en la medida de la edad de los hijos. “No a todos nuestros hijos les podemos contar de la misma manera que se ha muerto el abuelo ¿verdad?, pues, en este caso, pese a que los muchachos ya son mayores, hay que contarles lo que pueden entender pues, aún contándolo todo, puede que el chico se quede a un palmo de la comprensión completa”.

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