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COVID-19

El coronavirus agrava la tragedia de los rohingya

 

Niñas rohingya en el campo de refugiados de Kutupalong, en Cox’s Bazar. - PEDRO ARMESTRE (SAVE THE CHILDREN)

ATHENA RAYBURN. RESPONBLE DE LA RESPUESTA HUMANITARIA DE SAVE THE CHILDREN EN COX'S BAZAR
30/03/2020

En todo el mundo, los números siguen aumentando. Cada día se registran miles de casos nuevos de coronavirus y de vidas perdidas. En Europa, ahora el epicentro de la pandemia, los gobiernos saben que lo peor está por llegar y, por eso, están implementando medidas cada vez más restrictivas para reforzar el distanciamiento social y el aislamiento. En Cox’s Bazar, Bangladesh, hemos estado observando el mundo y aguantando la respiración por el primer caso confirmado de Covid-19. Con el primer caso confirmado, es solo cuestión de tiempo hasta que el virus llegue a la población más vulnerable que vive en condiciones de hacinamiento en el asentamiento de refugiados más grande del mundo. Miles de personas podrían morir.

Un millón de refugiados rohingya, la mitad de los cuales son niñas y niños, se han refugiado en extensos campamentos en Cox’s Bazar desde agosto de 2017 cuando se vieron obligados a huir de sus hogares ante la horrible violencia. Durante casi tres años, los refugiados rohingya nos han estado diciendo que quieren volver a sus casas y recuperar sus vidas. Quieren que sus hijos vayan a la escuela y que las familias que han sido separadas por el conflicto se reúnan. Hasta ahora, los intentos internacionales de responsabilizar a Myanmar por presuntos crímenes contra los rohingya y mejorar las condiciones en el estado de Rakhine han fracasado estrepitosamente. En resumen, pasarán años hasta que los rohingya vean que se hace justicia.

A medida que el mundo se detiene en un intento por contener el coronavirus, debemos recordar que para los refugiados rohingya en Bangladesh, sus vidas ya han estado en el limbo durante años; es su status quo, y no terminará con la contención del coronavirus.

Si hay una lección para los refugiados que debemos sacar de esta crisis, debe ser que los campamentos de refugiados y una vida en el limbo nunca deben considerarse una solución aceptable a largo plazo. Debemos desafiar las percepciones de que aunque los rohingya consiguieron escapar de Myanmar eso no significa que ahora estén a salvo en Cox’s Bazar. El coronavirus nos advierte de que no hay un tiempo interminable para resolver los problemas en Myanmar para que los rohingya puedan regresar a su hogar. Si bien el pueblo y el gobierno de Bangladesh los han protegido generosamente durante años, la vida en los campos no es segura.

Los niños, y en particular las niñas, corren un alto riesgo de explotación, violencia y trata. Los refugiados rohingya no tienen acceso a oportunidades de sustento para ayudar a mantener a sus familias.

Ahora estamos presenciando el impacto que el coronavirus está teniendo en comunidades que pueden distanciarse socialmente, lavarse las manos y tener acceso a sistemas de salud sólidos, sin embargo, este virus los ha puesto de rodillas. En los campos densamente poblados de Cox’s Bazar, las opciones de distanciamiento social o autoaislamiento son remotas, y muchos refugiados viven en condiciones de hacinamiento en refugios improvisados hechos de bambú y lona. Incluso las prácticas simples de higiene, como lavarse las manos regularmente, se convierten en hazañas complicadas de planificación logística cuando el acceso a agua limpia es muy limitado.

El Gobierno de Bangladesh y las agencias humanitarias han entrado en acción. Los refugiados rohingya están incluidos en el plan nacional del gobierno para responder a la crisis del Covid-19, las agencias de distribución de alimentos están desarrollando nuevas formas de distribución que minimizan el contacto cercano de persona a persona. Los voluntarios rohingya se están movilizando en todos los campamentos para difundir mensajes de higiene y prevención que protegerán a sus familias y seres queridos. También se está capacitando a voluntarios de la comunidad, que dan apoyo desde capacitaciones de concientización hasta la implementación de mecanismos de derivación y tratamiento médico. Las agencias humanitarias en Cox’s Bazar han reducido su acción a solo servicios básicos de sanidad y alimentación. Este es un paso necesario para garantizar que estamos reduciendo las posibilidades de transmisión y minimizando el impacto de esta enfermedad en la comunidad rohingya, pero esta decisión también tendrá un costo. Hace solo dos meses, el gobierno de Bangladesh aprobó el uso del currículo escolar de Myanmar en los campamentos, pero ahora la educación de los niños tendrá que suspenderse para contener el coronavirus. Nuestros espacios aptos para niños están cerrados y pueden ser utilizados para uso médico si surge la necesidad. Los niños rohingya ahora no solo corren el riesgo de tener Covid-19, sino que tendrán que enfrentar este desafío sin tener acceso a sus sistemas de apoyo regulares o espacios seguros para jugar.

Trabajaremos con el Gobierno de Bangladesh haciendo todo lo posible para proteger a los refugiados rohingya del coronavirus. Pero el hecho es que los niños rohingya no deberían vivir en estos campamentos. No deberían tener que luchar contra una pandemia mundial con lo mínimo para sobrevivir. Deberían estar en casa jugando y aprendiendo.

En un momento en que hay más personas desplazadas que nunca en todo el mundo, el coronavirus ha puesto de manifiesto cómo nuestros sistemas fallan a los más vulnerables. Hasta ahora, nuestros mecanismos globales para la rendición de cuentas y la protección de los derechos humanos han fallado a los rohingya. Es esencial que no les fallemos nuevamente.

Esta es una pandemia mundial y el virus ahora está afectando a las comunidades más vulnerables. Debemos unirnos. Solo una respuesta global detendrá la propagación del virus en todas partes. Esto significa que la comunidad internacional debe dar un paso adelante para ofrecer asistencia médica, kits de prueba, compartir datos y proporcionar los fondos necesarios para respaldar en la respuesta. Pero intensificar también significa mucho más que eso.

Cuando el polvo se asiente, cuando los aviones empiecen a volar nuevamente y las fronteras se vuelvan a abrir, no podemos volver a lo de siempre, no podemos asumir que tenemos un tiempo infinito para resolver esta crisis, no podemos seguir pensando que los niños rohingya pueden esperar. Los niños y niñas rohingya deben tener un futuro de esperanza y oportunidades, como todo niño merece. Es posible que no tengamos el poder de protegernos contra otra pandemia. Pero tenemos el poder de asegurarnos que no sean los más vulnerables los que terminen pagando el precio más alto.